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AQUELLA MAÑANA DE NÎMES, 10 AÑOS DESPUÉS

Por Paco March / Foto: Olga Olguín (Archivo Cuadernos de Tauromaquia)

Era domingo y hacía sol, mucho sol en Nîmes. Y allí, en las bimilenarias piedras de su imponente Anfiteatro romano, a las 12 en punto de mediodía en todos los relojes, se dieron cita más de dieciséis mil almas a la llamada del toreo: José Tomás, solo ante seis toros de distintos hierros.

Ese año 2012 José Tomás se anunció tres tardes, Badajoz en junio, Huelva en agosto y Nîmes en septiembre. En las dos primeras había llenado los cosos y triunfado, faltaría más, pero eran muchas las voces que le reclamaban mayor “compromiso”, es decir, anunciarse más tardes y abrirse a los medios. No era la primera vez ni, por supuesto, sería la última en un reproche que el paso del tiempo ha ido acrecentando desde las más diversas trincheras (yo me entiendo).

Hoy, diez años después, el mismo día que empieza la Feria de La Vendimia de Nîmes, el recuerdo –que es imborrable– se acrecienta. La nostalgia no siempre es un error. Aquella luminosa mañana nimeña, José Tomás escribió, en seis capítulos seis, páginas de oro en la Historia del toreo. Quien lo vivió, lo sabe.

Un año después del suceso, Simón Casas, empresario de las Arenas de Nîmes, escribió un librito sobre ello que en su título lleva la esencia: “La corrida perfecta”. En el toreo, como en todas las bellas artes, la perfección no existe, entre otras cosas porque el artista, el creador, va en su búsqueda de manera permanente y eso es lo que le hace crecer en su obra. Pero lo que sucedió en el óvalo de Nîmes se acerca mucho a ello.

En mi recuerdo permanente tiene mucho peso la circunstancia taurina catalana, ya en el primer año de una prohibición que el tiempo y la falta de voluntad de quienes, tras el fallo revocatorio del TC, tienen potestad para revertir, parecen haber perpetuado. Por eso el viaje partiendo casi con las del alba desde Barcelona a Nîmes tuvo algo –o mucho– de grito de libertad, como en aquellos inicios de los 70 las excursiones a Ceret y Perpignan al encuentro del cine prohibido.

Y sí, a eso de las 11 la mañana, los alrededores del Anfiteatro eran la mayor concentración de ilusiones posible, sólo al alcance de las ansiosas esperas infantiles de la tarde de los 5 de enero. Aficionados de todas las procedencias, colores y lenguas. E ideologías también, se supone. Entre todos, desconocidos o amigos, dos ya fallecidos y siempre en mi recuerdo: Don Paco y Jaume Josa.

Francisco Román, Don Paco , nació en Jerez de la Frontera y tenía en el centro de Madrid con su nombre una Taberna jerezana que, tras su muerte un año después del encuentro en Nîmes, cerró sus puertas. Allí, entre fotografías de toros y flamencos, tenía su mesa, en un rincón, Joaquín Vidal y por allí, de mesa en mesa, paseaba Don Paco (amigo que fue de Cagancho, Belmonte o Manolo Caracol) su porte y gracejo y se sentaba a la mesa con José Tomás para contarle cosas de Manolete. Y con Don Paco, impecable bajo su sombrero y su traje color crema pese a estar recién llegado de su viaje en coche desde Madrid, nos saludamos al entrar en el coso emplazándonos para un reencuentro en su Taberna que ya no pudo ser.

Jaume Josa, biólogo (en el CSIC) y darwinista fue, durante muchos años, abonado fiel en el tendido 2 de La Monumental. A él se debe el Manifiesto por la Libertad que, en Barcelona, reunió decenas de firmas de personas de distintos ámbitos de la sociedad y la cultura catalanas cuando ya acechaba la amenaza prohibicionista contra los toros y luego, en el Parlament, defendió la causa taurina con una emocionante y razonada intervención. Su voz inconfundible atronó, la primera, en el Anfiteatro a mitad de la lidia del toro del toro de Parladé: ¡este toro es de indulto!, gritó en catalán. Y así fue. Al salir, tras el emocionado (re)encuentro, me dijo –en catalán por supuesto– en el abrazo y casi como un susurro: este cabrón me ha hecho un funeral de Estado.

Don Paco, Josa, quien esto firma y dieciséis mil y pico más, vimos, vivimos, gozamos, dos horas y media de toreo que justifican y engrandecen lo que es más que una afición, es una forma de ser y estar en la vida.

José Tomás fue su artífice.

 

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