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NI EN ORDUÑA, NI EN LA MAESTRANZA

(OPINIÓN)

Por Álvaro Acevedo / Foto: Maurice Berho

Un amigo, en un ataque de locura, intentó organizar una corrida de toros en un pueblo hace un par de años. Llamó al apoderado de una figura del toreo, que primero le marcó el dineral que debía pagarle, y después fue desbaratándole todas las ideas que le proponía para completar el cartel, a cuál más bonita e imaginativa. Diego Urdiales, por ejemplo, no le hacía gracia al mentor, y omito los nombres que le sugirió a cambio primero por no dar más pistas, y segundo, por no hacer sangre con las comparaciones. Pero pónganse en lo peor…

Por supuesto, tampoco le agradaba la ganadería propuesta y le mandó comprar una corrida del gusto del afamado diestro. O sea, que le indicó quién tenía que abrir y cerrar plaza, qué toros debían anunciarse y qué dinero habría de ganar su torero, se llenara o no se llenara la plaza con un cartel que en realidad no iba a confeccionar el empresario ocasional, sino el taurino de turno. Todo eso no en Madrid o en Bilbao, sino en un pueblito. Aburrido, mi amigo desistió.

En estos días se habla de un plan estratégico para recuperar los pueblos, pero si estos mismos individuos que cabalgan entre la especulación y la prepotencia son los encargados de acometer el proyecto, huelga decir que las esperanzas son escasas. Con la recuperación de los pueblos debe venir también la de empresarios modestos; la de bastantes ganaderías que no son las seis o siete de primera fila; la de un buen número de toreros que no serán figuras pero que son magníficos toreros; e incluso la del escalafón de novilleros con picadores. Todo ello es vital no ya para la salud global de la Fiesta sino también y, sobre todo, para su futuro, esa palabra de significado insondable para buena parte del taurinismo.

Todo lo que aquí planteo no es una utopía si las figuras del toreo están dispuestas a salvar eso que tanto dicen amar, la tauromaquia, y que pasa por el momento más difícil de su historia. Su compromiso debería pasar por torear 20 tardes cada uno en plazas de pequeño aforo, y hacerlo mezclándose con esos otros toreros de los que antes hablaba, e incluso con novilleros que tanto necesitan coger oficio y darse a conocer. Eligiendo ganaderías que también son magníficas y que están arrinconadas. Y confiando en empresarios que están deseando trabajar de verdad, aunque no sean ni los poderosos, ni los satélites de los poderosos. Y por supuesto, estas veinte tardes deberían firmarse con unos honorarios muy reducidos que dieran poco más que para pagar todos los gastos, con los salarios de las cuadrillas también ajustados temporalmente a la actual realidad.

Si multiplicamos las figuras actuales por 20 corridas cada uno sin coincidir entre ellas estamos hablando de más de un centenar de nuevos festejos, de otras tantas corridas lidiadas, de más de 200 puestos para otros toreros y novilleros, de más de 2.000 salarios para las cuadrillas, de empresarios que pueden empezar a ver la luz, y también estamos hablando de no rendirnos ante nuestros enemigos, a día de hoy al frente del Gobierno de España con apenas 35 escaños por la traición de Pedro Sánchez a sus propios votantes.

Podemos matizar esta idea todo lo que queramos, pero básicamente eso es lo que habría que hacer, en vez de perder el tiempo en plantear una docena de corridas de toros a puerta cerrada que solo conducirían a dañar aún más la imagen de la Fiesta y a desnaturalizar hasta límites escandalosos la tauromaquia, un rito del cual es imposible disociar a los actores del coro de espectadores que lo juzga.

Pero además de todo esto hay algo mucho más importante. Iván Fandiño me explicaba un día cómo una mala chicuelina en las fiestas de su pueblo le metió el veneno del toreo cuando iba para pelotari, cosa que hubiera sucedido si aquel día en Orduña no hubiera habido un novillo por las calles. Aquella charla fue en 2014 y no sé en estos seis años cuántos pueblos habrán perdido su vínculo con el toro, pero estamos hablando de una problemática de carácter antropológico. O sea, si una sociedad deja de identificar al toro bravo como parte de su cultura, de sus costumbres y de sus raíces, en tres generaciones nadie sabrá lo que es (o lo que era) una mala chicuelina. Y entonces no habrá toros en Orduña, pero tampoco en la Maestranza.

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