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LA BELLEZA VA POR DENTRO

(ILLESCAS)

Por Álvaro Acevedo / Foto: Julio César Sánchez

En Illescas ya se arremangaban para la primera gran bronca del año, con el toro sembrando el caos en el ruedo y Morante poniendo cara de momia. Pero el maestro cogió la muleta y en la cubierta, yo no sé cómo, salió el sol. Sometió las estampidas del bruto doblándose por bajo y ganando terreno hacia los medios, y luego le enseñó el camino con un toreo en línea recta que a mí no me gustaba. El verdadero artista nunca debe torear peor de lo que sabe, pero el fin, a veces, justifica los medios. O sea, que sin aquel bloque central más de ciencia que de arte, más de trabajo que de inspiración, el maravilloso epílogo de su obra no hubiera sido posible. “Se está ganado el sueldo”, decía uno a mi lado, y yo no sabía si aquello era un halago o una queja.

El caso es que Morante fue reduciendo los problemas del toro, tapando su falta de clase, toreándolo cada vez con mejor aire, hasta que volvió a reducir su poderío otra vez por bajo, ahora con ayudados, y metiéndole la muleta en los costados en cada pase de castigo. Fue una estampa bellísima, con el lidiador quebrando al burel y el público aplaudiendo en pie, en una escena que parecía un homenaje a Gallito, tan cerca de Talavera, pero cien años después… Y fue entonces y solo entonces, ya con el toro dominado, cuando José Antonio acompañó primorosamente la embestida a pies juntos, con la gracia (la gracia toreadora de Alberti) cayéndosele de las manos. Una estocada, casi al encuentro, desató el delirio, y el genio de La Puebla, tras una clamorosa vuelta al ruedo con las orejas del toro de José Vázquez, pareció poner fin a la historia de la tarde.

Pero en el burladero esperaba Pablo Temple Aguado, que aún tenía algo que decir; y aunque es verdad que el remiendo de Daniel Ruiz era de almíbar, si cae en manos de cualquier matatoros el crimen hubiera sido devastador. Pablo le cogió la medida desde el primer lance hasta la última trincherilla, y con los hombros caídos y el pulso sin pulso, derramó caricias que hay que llevarlas dentro. La seda de su capote, el aroma de sus redondos, el medio trincherazo arromerado, el ángel de sus ayudados y aquellos apoteósicos naturales, de frente con los pies juntos y acompasados a su cintura, fueron un prodigio de naturalidad y dulzura, de sensibilidad y tacto. El ejemplo más diáfano de lo que significa la belleza del arte de torear, que como la de algunas personas, nace de dentro aunque la admiremos por fuera

Cuando no es así, todo se reduce al oropel, a la apariencia. Manzanares toreó con compostura a su primer toro mientras a éste le duró la movilidad, pero cuando ya hubo que traerlo, afloró el engarrotamiento, disimulado por su espada demoledora y por su porte de modelo. Empató a orejas con Morante y Pablo, pero allí no hubo color. ¡Guapo!, le gritó una señora delante de mí lo menos catorce docenas de veces. A ver si sacan ya la nueva ley y la meten en el calabozo… Ah no, que eso es solo para los tíos. Machistas…

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