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COSAS QUÉ EXIGIR A LOS POLÍTICOS

Por Paco Aguado / Foto: José Luis Cárdenas

Ahora que están en plena campaña, ahora que algunos partidos -en realidad, solo el PP y Vox- se llenan la boca de promesas electorales para con el toreo, es el momento más oportuno de hacer una lista de peticiones, o más bien de exigencias, que habrá que preocuparse de hacerles y recordarles una vez que hablen las urnas. A ver si es verdad. Eso, claro, si es que los resultados les son favorables a cuantos aseguran que nos van a proteger, o al menos que no nos van a atacar en la medida en que amenazan con hacerlo los componentes de esa coalición de supuestas izquierdas que, por pura venganza revisionista, viene “con las del Veri”.

Así que, como los niños con la carta a los Reyes Magos -que a esos también hay que reivindicarlos frente a ese gordo impostor que viste de rojo y sus sucedáneos autonómicos-, empecemos a pedir en serio todo aquello que la fiesta de los toros necesita con urgencia. Nada de lujos, solo medidas de primera necesidad.

Para empezar, hay que comprometerles a que adopten un compromiso firme con la tauromaquia. Marcar un cordón sanitario, como se dice ahora, que nos blinde ante los ataques sufragados con los millones de dólares de las fuerzas supranacionales que quieren desestabilizar, económica y moralmente, la para ellos incómoda sociedad europea actual, ese mal ejemplo para el capitalismo salvaje que quiere hacer tabla rasa en la aldea global.

Si es que pueden frenar esa tendencia, que estaría por ver, ese sería el primer paso para poder seguir hablando: asegurar, antes que nada, la legalidad del espectáculo y de todas sus otras manifestaciones como símbolo de distinción de la cultura mediterránea frente a la hipocresía anglosajona. Y a partir de ahí, todo lo demás, todo lo que básicamente podríamos condensar en estos puntos surgidos sin orden creciente ni decreciente, pues todos se antojan igual de perentorios para el toreo:

1º. Creación definitiva de un órgano específico, de carácter interministerial e interautónómico, que coordine y en el que se incluyan todos los aspectos legislativos del espectáculo, regido además por una autoridad experta y que sirva de interlocutor único con los sectores profesionales. Y, como consecuencia directa, la redacción consensuada de un solo reglamento de carácter nacional, frente a la absurda disgregación actual.

2º. Aplicación de un régimen fiscal especial para las novilladas, a las que habrá que considerar espectáculos semi-amateurs y, por tanto, libres de todo tipo de cargas. Sólo la reducción de sus costes a los mínimos imprescindibles puede garantizar del futuro de la tauromaquia. Hay que concienciar a las administraciones públicas de que la desaparición de las novilladas -y, por ende, de nuevas vocaciones- supone también a medio plazo la reducción de sus millonarios ingresos en impuestos a las grandes ferias y plazas, que además son todo un activo económico para otros sectores en las ciudades en las que se celebran.

3º. Emisión en abierto por Televisión Española de, al menos, diez festejos taurinos anuales, en especial de los grandes ciclos, para recuperar el gran escaparate que siempre supuso para el toreo la cadena estatal, frente al arrinconamiento que han traído consigo los canales de pago. Si lo impide la puritana normativa de protección infantil, el de las 9 o las 10 de la noche, en directo o en diferido, es un buen horario para demostrar la gran audiencia potencial de la tauromaquia, que también debe promocionarse en los informativos y en otros programas de los medios públicos.

4º. Eliminar el criterio de baremación por categorías profesionales de los toreros en los concursos de adjudicación de plazas de propiedad pública, especialmente las de menor categoría. La “objetiva”, pero cándida, exigencia de las administraciones locales de la contratación de espadas que avalen un mayor número de actuaciones en la temporada anterior impide tercamente la renovación del escalafón.

Como la pescadilla que se muerde la cola, esta tóxica costumbre hace que siempre toreen los mismos, que siguen sumando año tras año, sean cuales sea sus resultados artísticos, con la complacencia de los propios empresarios que los explotan, haciendo repetitivos hasta la náusea los carteles de las ferias grandes y, sobre todo, de las pequeñas donde debe forjarse el relevo.

5º. Y ya que no contamos con mayores ayudas ministeriales que las migajas del Premio Nacional de Tauromaquia, en una sangrante afrenta ante las cuantiosas subvenciones a otras disciplinas artísticas, que Cultura permita y promueva, al menos, el conocimiento de la tauromaquia en colegios, institutos y universidades, como actividad cultural reconocida, y sufrague proyectos de investigación sobre el toro de lidia, ese asombroso animal que en cualquier otro país desarrollado sería objeto de una férrea protección.

Son solo algunas de las primeras medidas exigibles a primera vista, aunque aún podría sugerirse otra larga lista en la que incluir, por ejemplo, la creación de una especie de colegio profesional que elaborara, con un criterio estricto y pruebas de alto nivel, ese registro que maneja tan frívolamente un ignorante departamento ministerial y que provoca que algunas tardes se contemplen en los ruedos actuaciones realmente bochornosas.

Sabemos ya, por experiencia, tras tantos años de desatención, que no cabe esperar demasiado de una clase política acomplejada y demasiado influida por la corrección política. Pero ahora que algunos ven en el toreo una veta electoral, ahora que han abierto la ventanilla, por pedir que no quede. Como decían los del mayo francés, seamos realistas y pidamos lo imposible. El problema, en este espectáculo descabezado en sus estructuras e insolidario por definición, es saber quién se encargará de hacerlo, y si realmente es consciente de tantas urgencias.

El bueno de Benjamin Ventura, que trabajó por los toros en la Diputación de Zaragoza, sí que sabía de qué iba esto de la política y los toros. Claro que personajes como él, tan conocedores del paño, tan profundos amantes del toreo y de paisanaje, cada vez quedan menos: buen aficionado, buen periodista, buen conversador, buena gente. Descansa en paz, amigo. Te echaremos mucho de menos cuando volvamos por Mañilandia.

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