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DEFENSA EXTERNA, DESIDIA INTERNA

Por Paco Aguado / Foto: Prensa FTL

La intervención días atrás de Victorino Martín en el Senado ha sido una perfecta, rotunda y sonora llamada de atención acerca del gran trabajo que, en los últimos meses, está haciendo la Fundación del Toro de Lidia en defensa de la fiesta de los toros, ya con un guión y unas pautas bien definidas y encauzadas.

Sobre todo porque la fuerza, la contundencia y la claridad del mensaje tan excelentemente estructurado que transmitió el ganadero en la Comisión de Cultura ha tenido el eco suficiente fuera de la Cámara Baja como para convertirse en una soberbia declaración de intenciones ante la cruda batalla que hay que seguir librando para reivindicar nuestros derechos y nuestra cultura en estos tiempos delirantes.

Porque, en el fondo, como supongo que pensaban los miembros de la Fundación, se trataba de eso: de poner pie en pared y de alzar la voz de una santa vez en este manicomio de cinismo político, de hacer valer la ley que nos ampara por encima de los caprichos electoralistas de una casta política ensimismada en sí misma y que no atiende las realidades más que cuando vienen acompañadas de ruido mediático.

Era ya el momento, sí, estábamos tardando, de agarrar el toro por los cuernos y adentrarnos con ideas claras y reivindicaciones concretas por esa vía institucional en la que se juega nuestro futuro y que hasta ahora, por la pura ineptitud del sector, dominaban claramente quienes pretenden acabar con todo lo que el toreo supone y significa en nuestra sociedad.

La vía política -pues es un hecho evidente, queramos o no, que la cuestión taurina se ha politizado de la manera más radical- y la jurídica son, con el complemento de otro tipo de acciones mediáticas, los únicos caminos posibles hoy por hoy para hacernos respetar, tal y como tiene asumido la FTL.

Y es, después de frenar en gran medida los ataques y los insultos en las redes sociales a base de demandas ejemplares,  como ahora toca  encarar y poner en la picota  a esos alcaldes y ediles prevaricadores, tal que los de Olot, Villena y otra larga serie de localidades, que hacen todo lo posible para saltarse la ley e impedir la celebración de festejos taurinos.

Chapó, pues, para la Fundación del Toro de Lidia, a cuyos miembros, y en especial a los que se dejan su tiempo y su dinero en el empeño, el toreo todo tendrá que empezar ya a reconocer y a ayudar sin reparos ni miramientos, sino más bien con todas las facilidades y aportaciones posibles para aumentar la efectividad de su impagable trabajo ante los crecientes ataques externos.

Pero, lamentablemente, mientras los días de Victorino Martín parecen tener más horas que los de los demás –de verdad, Vito, no sé cómo lo haces, o si quizás tienes un doble que te permite estar en tantos sitios- , los “responsables” del sector, los que tendrían que cuidar de la salud interna de todo el entramado, siguen en una actitud diletante y conservadora, manejándose con esas pautas anquilosadas que, año tras año, sumergen cada vez más hondo el negocio taurino en el pozo de la ruina.

De nada sirven los arrebatos ciclotímicos de Simón Casas como presidente de una tradicionalmente inactiva ANOET, en cuyas oficinas hay gente muy válida pero desaprovechada, ni el buen trabajo por otras vías paralelas de la Unión de Criadores si el sector no aúna fuerzas y fija criterios concretos para salir de la espiral de degeneración económica a la que, con sus perniciosos manejos, lo están llevando los mezquinos personajes que dominan su sala de máquinas desde las más siniestras sombras.

Supone un llamativo, pero a la vez muy triste, contraste ver cómo, con pundonor, orgullo y sentido de la responsabilidad, un puñado de buenos taurinos pelea con uñas y dientes frente a los enemigos externos mientras que unos cuantos personajes gastados y sumidos en la desidia amenazan desde dentro, tanto o más que los animalistas y los políticos, el futuro de este espectáculo. Un futuro con el que no cuentan ni en el que piensan y que, de llegar, como el lobo, esa nueva crisis global que vienen anunciándonos los expertos, se antoja tan negro como la misma muerte.

 

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