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DIME, DIEGO

Por Ana Pedrero / Foto: Luis Vega

Dime, Diego, cómo es. Cómo acaricia, cómo huele, a qué sabe, cuánto pesa el cielo de Madrid. 
Dime si ahí arriba, encajado en los hombros de Toño, tu amigo fiel desde la infancia, el mundo se ve más pequeño, si da vértigo asomarse al sueño cumplido. Dime qué se siente cuando el techo del mundo cabe en tus manos, esas manos huesudas de pintor del aire, de torero macizo, hondo, puro, desgarrado, maduro, colmado, abandonado, entregado entero. Dime si mientras sostenías el cielo sobre tus hombros te olvidaste de que aquí, en la tierra, te han negado el pan y la sal quienes mercadean con el toreo como si fuese un juego de cromos, un juego de tronos.

Dime, Diego, si descendieron dioses y toreros a darte la mano mientras Las Ventas abría sus carnes, sus puertas, enamorada de tu sombra, admirada, loca perdida, borracha de toreo, vencida de verdad. Dime si no se te quedó pequeño el mundo haciendo rugir a Madrid como una leona a tus pies, como una gata de febrero, como una calentura en los labios cuya cicatriz nunca va a cerrarse. Esos pies pequeños sobre los que erigiste una obra efímera pero inmortal como el primer amor; un cántico inmenso, rotundo, al toreo eterno que dolía de tanta verdad, de tanto desearlo día por día en el silencio del samurái que se prepara sin prisas para el sacrificio, para la gloria. Como un vino de Rioja que envejece sabio en la oscuridad de las bodegas, en el vientre de la tierra, para ser estallido, milagro en la boca.
Dime, Diego, si ahí arriba ha merecido la pena el camino, tantas espinas, tanta miseria, el precio, los desprecios; si ya disparado al infinito, natural por natural, diente por diente, se hacían más pequeños los mercachifles cuyas murallas has derribado contundente, encajado, hondo, puro, en maestro, en majestad, al rehostión.
Dime cómo se masca el silencio, la amargura, cómo se digiere ese cóctel mitad impotencia y mitad fe, siempre la fe; ese brebaje de dignidad, de decencia, de independencia, ese verso de libertad que Luismi, el maestro de la plata, el amigo de ley, y tú habéis bebido día a día sin desfallecer, sin dejar de preparar, de soñar la tarde en que tomar por asalto el cielo de Madrid e incendiar la tierra sacudiendo, reventando sus cimientos, partiéndola por la médula.
Dime cómo son los días en blanco, blancos de cal y agua, brochazo a brochazo, blancos como las sábanas, de Marta, el abrazo, los blancos hombros que te han elevado sobre ti mismo cuando las demás puertas, todas las puertas, se cerraban; cuando la temporada pasaba de largo sin detenerse y quisieron doblegar con un látigo de acero tu camino sin túneles por la vida poniendo precio de saldo a tu toreo sin precio.
Dime, Diego, si Claudia ha entendido que se puede llorar sin dolor cuando las cosas nos desbordan de puro amor, de pura grandeza. Si sabe que su padre ha dado un golpe de Estado armado solo con una muleta y ha dictado cátedra en la Cátedra, ha consagrado el toreo en su catedral primera, ha abofeteado a un sistema podrido ante los ojos del mundo. Dime, entre tú y yo, si de verdad esto va a cambiar, si después de tocar el cielo habrá cordura y justicia en este sindios que ha convertido a los toreros en obreros, en asalariados, en pegapases a sueldo.
Dime cómo se escucha el grito ronco, febril, de tu nombre, Diego, torero, torero, torero; tu nombre, Diego Urdiales, desde esa altura a años luz del suelo que pisamos, desde ese secreto que solo tú conoces. Ese suelo, esa arena que guarda las huellas de tus zapatillas clavadas, el mentón en el pecho, el cuerpo y el alma abandonadas, mientras firmabas con “Hurón”, de Fuente Ymbro, la más hermosa faena que ha visto el mundo del toro en este siglo.
Dime si sentiste en las tripas que dejabas de ser un poco nuestro, de los que siempre estuvieron, para ser al fin de todos; si se acababa esa sed maldita mientras te veíamos pasar entre las lágrimas como una bola de fuego disparada hacia lo alto y Madrid era una cazuela de almas en ebullición, un delirio que al fin estallaba en gozo, que dolía de bonito, que abrasaba. Dime cuánto pesan más de veinte mil almas en las muñecas, en la cintura, en la cadera; dime si sentiste que todas empujaban contigo la empuñadura de la espada, el soplo de sus veinte mil latidos.
Dime, Diego, si las estrellas quemaban aquella noche entre tus manos.
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