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DIOS REPARTE SUERTE

Por Álvaro Acevedo / Foto: Arjona-Toromedia

La tarde de agua, no vayamos a engañarnos, estaba para lo que estaba, pero Dios repartió la suerte en forma de tres buenos toros de La Palmosilla, digo yo que para quitarnos los malos pensamientos. El primero de ellos, coincidiendo con la aparición del sol, fue bravo tirando a fiero, con aspereza, siempre queriendo pelea, y siempre fijo en su rival. El toro tuvo recorrido suficiente y emoción de sobra, pero dicen que no tuvo clase. Y yo digo que si además tiene clase, hay que indultarlo. A continuación salió otro justo a la inversa: con una clase excepcional, gateando detrás de la muleta, arrastrando el hocico con un ritmo apoteósico. Pero dicen (vaya por Dios) que no tuvo fuerza. Y yo digo que si además tiene fuerza, también hay que indultarlo.

Después  apareció ya en cuarto turno el ideal, alegre pero suave, con movilidad pero con ritmo, con galope y también con calidad. Digamos que fue un término medio entre sus hermanos, un toro buenísimo sin nada excepcional, porque a éste también habrá que ponerle algún reproche. ¿Verdad que sí? Con él, Luis Bolívar estuvo fácil y templado, preclaro, dándole tiempo y distancia, ligando con impecable aire las tandas con ambas manos y matando de una gran estocada. O sea, una faena sin mácula y un volapié irreprochable, pero cortó una oreja a un toro que era de dos. Las causas de esta desproporción dan para un buen debate.

La madurez de Luis Bolívar contrastó con la inexperiencia de Rafa Serna, resultado lógico de una década de diferencia en la profesión. Al joven sevillano (muy castigado por los toros en poco tiempo) le correspondió aquel tercer ejemplar de temple soñado, y cuando le cogió el aire dibujó varios naturales estupendos, lentísimos, acariciando esa embestida casi mágica, pero faltó calma y sobró presión, que es lo que suele sucederles a los toreros nuevos. Había que hacerlo todo tan medido, con tanto gusto, siempre tan despacio… que aquello nunca acabó de cuajar, de redondearse. Era como torear de salón pero en la Maestranza. Así de fácil y así de difícil.

En las antípodas de este toro, su hermano el del temperamento, y al que Joselito Adame le pegó nada menos que nueve tandas de muletazos con aviso incluido antes de entrar a matar. El mexicano empezó bien, sobre todo en unos naturales fijando la embestida, tirando de ella con mando y quedándose en el sitio para ligar. Luego el de La Palmosilla le fue ganando la batalla, entre otras cosas porque Adame estuvo más brusco que el toro, y así no hay forma de someter a un enemigo con nervio. El público, muy cabal, le hizo al toro las palmas en el arrastre. Con el quinto, también fuerte pero embistiendo más por dentro, no lo vio claro tampoco. La tarde, cayendo ya lo del día de Noé, la cerró Rafa Serna con un buey de carretas que tenía más años que un barco. En esta plaza no nos gustan esos adefesios, pero hay alguien que no acaba de enterarse…

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