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EL CAPOTE DEL BAR DE JOSELU Y EL PRÍNCIPE DE LA PUEBLA

(OBITUARIO)

Por Álvaro Acevedo / Foto: Maurice Berho

A Rafael Fernández Moreno (Sevilla, 12/7/1932 – 13/11/2020) le conocían en los ambientes taurinos modernos por Rafemo, que era su nombre de guerra cámara en ristre, pero mi padre, para referirse a él, le decía Rafael Jarrillo, pues a tal nombre atendía cuando quiso ser torero. Yo siempre le llamé de este modo, porque cuando lo escuchaba hablar me daba cuenta de que ese hombre educado y elegante por fuera y por dentro era un torero, no un fotógrafo. Ése era el motivo por el cual apenas jugaba con las luces u otros recursos artísticos, pues su mirada tras la cámara era la de un torero, y lo único que le interesaba era el lance o el muletazo. Por supuesto elegía el momento mejor que nadie con permiso del gran Agustín Arjona, que, sin haberlo hecho, parece que se haya puesto alguna vez las taleguillas.

Por la misma razón Rafael Jarrillo apoderó a mi compadre, Joselu de la Macarena, aquel muchacho del barrio que trabajaba de camarero en el bar de debajo de su casa. Toreaba Joselu, sí, pero en el fondo Jarrillo toreaba con él. Fue una etapa inolvidable, de sueños y mucha inconsciencia, de tiesura e ilusiones. En el fondo como ahora, pero éramos más jóvenes… Rafael hablaba de Salomón Vargas, de Antonio Gallardo y de un gran amigo suyo que se anunciaba en los carteles Curro Romero. Y cuando cogía el capote para explicar sus cositas, aquel compás flamenco era una gloria.

Insistía en la teoría de que el toreo debía ser una “V” invertida. O sea, el cuerpo acompañando, engallao pero con una ligera inclinación hacia delante. Yéndose con la embestida en un vámonos que nos vamos que es la antítesis de ese barrigazo al que algunos llaman «desmayo». Y los brazos y las manos hacia abajo, que eran el otro palo de esa “V” invertida e imaginaria. A Joselu le aconsejó que dejara siempre un capote en el bar para que, entre el tiempo que va de poner un café y otro, lo tuviera en las manos:

–“¿En el bar, Rafael?”.

–“Si Joselu. Mira, en la Barqueta Curro toreaba de salón con la muleta, pero sobre todo, lo que hacía era pegar lances de una punta a otra del descampado y luego volverse y seguir pegando lances. Y así una y otra vez. Y cuando acababa de entrenar y se ponía a charlar con los otros toreros, seguía con su capotito en las manos. Nunca lo soltaba. El capote tiene que terminar siendo como una parte de tu cuerpo”.

Por eso cuando Joselu echaba la persiana del bar ya de madrugada, en la misma puerta se ponían a torear de salón aprovechando la luz de las farolas, y a lo mejor les daban las 5 de la mañana pegando lances con aquel capote mugriento de tanto arrastrarlo por la acera de la calle. No fue casualidad, por tanto, que Joselu de la Macarena, con toda su ignorancia a cuestas, fuera capaz de cuajar varios novillos con el capote, en su corta trayectoria profesional, con un estilo muy particular pero con un aire arromerado que venía de las horas de entrenamiento y de las charlas con su apoderado.

De Rafael fue la idea de que aquel José Luis Moreno Vidal llevara el nombre de su barrio, La Macarena; y de que José Antonio Morante Camacho portara el de su tierra, La Puebla del Río. Porque Rafael Jarrillo era muy amigo de Bizcocho, el primer apoderado de Morante, un niño del que, evidentemente, Jarrillo se quedó prendado cuando lo vio torear. “Con el capote es gente”, me dijo un día mientras me enseñaba fotos del chiquillo. Y no andaba muy descaminado…

Un día Leonardo Muñoz –que fue el que hizo torero a Morante de la Puebla por mucho que Morante fuese torero desde que lo parió su madre– le confesó a Rafael: “Esta noche he soñado que Dios me regalaba un príncipe del toreo”. A lo que Rafael le contestó: “Ese príncipe lo tengo yo”. Y así fue como hablaron con Bizcocho y llegaron a un acuerdo para que fuera Leonardo el que se encargara de su carrera, cambiándole además su nombre artístico por consejo de Rafael Jarrillo.

Podría contar mil cosas más de este bohemio de talante maravilloso, de este gitano de pelo blanco esculpido sobre su frente que nos ha dicho adiós, como por ejemplo aquella vez que se le jodió el carrete ante la desesperación de mi padre: se perdieron para siempre las fotos en las que estábamos mis primos, mi hermano y yo a lomos de «Guitarrista», un semental de Manolo González que se dejaba toquetear. Pero con Rafael era imposible enfadarse. Fue un aficionado cabal y un hombre básicamente bueno que nunca vivió del toro, sino para el toro. Y que recordaba cuando, siendo novillero y debutando en Vistalegre, fue al sorteo de las reses por la mañana y se le apareció el asesor presidencial, presto a darle el correspondiente toque.

–“Hola. ¿Qué quería usted?”

–“Hombre, lo normal en estos casos…”

–“¿Qué quiere usted decir?”

–“Pues eso. Lo normal en estos casos…”

–“Pues mire, si lo que quiere usted es dinero, la verdad es que estoy sin tabaco. ¿Por cierto, tendría usted un cigarro?”

Toreó aquella tarde Rafael Jarrillo con Diego Puerta y fue un 18 de noviembre de 1956. Creo que hubo petición pero no cortó orejas… Mañana hace 64 años. Descansa en paz, amigo.

 

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