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EL FARENHEIT 451 DEL ANIMALISMO

Por Paco Aguado

Bicheando por internet el otro día, saltaba a la vista un inquietante tuit del compañero Miguel Ángel Yáñez. Y no por su culpa, que conste, sino por la forma en que se lo tomaron los administradores de ese rentabilísimo tinglado que, como otras redes sociales, parece pensado y preparado para dirigir las mentes blandas de la gente de hoy en día.

Informaba de antemano el periodista del destacado acto que se celebró ayer lunes en Madrid, como es la cesión por parte de Antonio Briones al Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de la importantísima biblioteca Carriquiri, con más de 18.000 volúmenes sobre la tauromaquia que, en los más variados idiomas incluido el esperanto, ha ido recopilando a lo largo de varias décadas.

Hasta ahí, nada extraño. Todo lo contrario. Pero lo alarmante, en realidad, es que el tuit venía acompañado de una de las habituales advertencias que estos arbitrarios administradores de la moral usan para que la babeante sociedad digital sepa distinguir entre el bien y el mal decretados por lo políticamente correcto.

Con el típico “este contenido multimedia puede incluir material que puede herir la sensibilidad de algunas personas”, los administradores de Twitter se curaban en salud por si a alguien le daba un síncope al descubrir que la foto que acompañaba las palabras de Yáñez no era ni más ni menos que una peligrosísima, cruda y amenazante imagen…  de varias estanterías repletas de libros de toros.

Sí, así están las cosas ahora mismo en España por culpa de la dictatorial influencia de un animalismo rampante que, en caso de que no se ponga definitivamente pie en pared, puede llegar a hacer realidad lo que Ray Bradbury contaba en “Farenheit 451”, aquella famosa novela distópica en la que hace ya casi setenta años profetizó lo que podría estar por llegar.

Esos 451 grados Farenheit, o los 233 centígrados, a los que arden los libros -que, en el texto del norteamericano, como objetos prohibidos que eran, iba quemando una escuadrilla de bomberos al servicio de los guardianes de la moral- es la temperatura a la que está llegando ya la fiebre de este mascotismo “empoderado” que va trastornando las cabezas de tanto egoísta sin preocupaciones.

Tanta fuerza está tomando la tendencia que, cómo no, en plena campaña electoral hasta los inanes políticos que sufrimos se han subido al carro, tal que Albert Rivera y Pablo Iglesias haciéndose fotos con perritos para intentar llevarse a su terreno a todos esos que, en un síntoma inequívoco de lo preocupante de la situación, van a hacer que el PACMA tenga un escaño en el congreso.

Ese es, hoy por hoy, el nivel. El que lleva a advertir en una red social que la cultura, la centenaria e ingente cultura taurina, capaz de generar miles de obras artísticas y literarias, de ocupar cientos de metros cuadrados de estanterías, puede superar “el umbral de tolerancia” de una de estos entramados digitales que ayudan a extender la imparable lacra de la soplapollez disfrazada de “progresismo”.

Quién sabe si, tal y como van las cosas, no acabarán también quemando todos esos libros de toros aquellos que se desviven porque los perritos sigan invadiendo restaurantes, tiendas, playas y hasta cines, al considerarlos como “uno más de la familia” –y, no les extrañe nada,  puede que también hasta “compañeros sexuales”- aunque en realidad no dejen de ser un elemento pernicioso para la salubridad de las ciudades, apestadas de cagadas y meadas por culpa de sus incívicos y esclavizados paseantes.

De momento, en vez de subírselo por los costes públicos que ocasiona la limpieza y por ser, en realidad, un objeto de lujo, en busca de votos algunos partidos están incluso prometiendo a sus dueños una bajada del IVA en los productos para mascotas y en la atención veterinaria, como si se trataran de asuntos de primera necesidad.

Pero olvidan los apóstoles de este desnaturalizado, mal entendido y hasta aberrante amor por los animales –algunos animales- que las primeras necesidades auténticas de una sociedad civilizada son el bienestar y el progreso de las personas, el trabajo y la vivienda dignos, la cultura y la libertad.

En concreto esa misma libertad que el animalismo está usando para negarnos derechos y agredir impunemente a quienes entendemos que la tauromaquia es una forma de entender la vida, tan válida o más que la que ellos propugnan y que vende como “sensibilidad” con los animales lo que es en realidad una aislante insolidaridad con las personas.

Así se están poniendo las cosas en esta estúpida sociedad en la que tantos prefieren tener perros que tener hijos. Sin duda, los canes son más baratos y dan menos problemas, aunque haya que sacarlos a ensuciar las calles, por lo menos, dos veces al día. Así que, pensándolo bien y ya puestos a seguir la juerga, puede que vaya siendo hora de que también empiecen a cotizar a la Seguridad Social,. A ver si así, los de mi quinta, podemos llegar en su día a cobrar la jubilación.

 

 

 

 

 

 

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