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EL LARGO INVIERNO

(FERIA DE OTOÑO DE MADRID)

La deslucida corrida de Adolfo Martín imposibilita el triunfo  a una terna muy necesitada.

Por Álvaro Acevedo / Teseo Comunicación

“Todos los días tienen ese instante en los que me jugaría la primavera por tenerte delante”, canta Sabina mientras fuma, o al revés. Pero a finales de otoño, en Las Ventas, hay toreros que no se juegan la primavera, sino el invierno, que es más duro y da más miedo que un toro de Adolfo Martín. Un triunfo te da moral para tres meses de entrenamiento y espera, pero si no hay suerte, el cielo de diciembre se ve más oscuro que el cárdeno de los albaserradas.

La corrida no valió y los toreros –estos toreros que van por libre y no son figuras– lucharon sin poder cambiar su destino, que no es de los peores, pero podría ser mucho mejor. En el callejón, las caras de los apoderados no eran las de los comisionistas con diez plazas y veinte toreros. Levantar el teléfono con una oreja de Madrid en la otra mano te cambia hasta el tono de voz, aunque luego los que mandan te den las limosnas de siempre. Eso siempre es así, hasta el día en que tu torero tenga la tarde soñada, en la plaza adecuada y en el día exacto. O sea, tres milagros en lugar de uno.

No pudo ser, aunque Curro Díaz –sin apoderado en el callejón– rozó ese triunfo parcial que te manda para el invierno con una sonrisa a cuestas. Muy bien picado y lidiado, cambió para bien ese cuarto toro y Curro dibujó cinco naturales sueltos soberbios, con un embroque bellísimo, que mantuvieron la faena, porque cuando se tiene mensaje, el público canta el muletazo bueno y también los regulares. Es una cuestión de necesidad, porque cuando se torea con sabor la gente olvida hasta las penas. En realidad, a sus pases y a sus series les pasó lo que al toro, que tuvieron mejor inicio que remate. No sé si fue una cosa consecuencia de la otra, pero el caso es que la obra del estilista de Linares se aplaudió sin acabar de explotar. El éxito, cogido con alfileres, se lo llevó un pinchazo antes de un buen volapié.

Los demás quedaron lejos. López Chaves estuvo sereno y templado con un toro bien hecho y sin poder; y con otro que parecía tener ganas de comerse a alguien, pero que en manos del experto salmantino no valió nada. En Salamanca va a hacer frío, pero Domingo no le coge de sorpresa. Se abrigará hasta la próxima. Tampoco sorprenderá el aguanieve a Manuel Escribano, curtido en mil batallas y siempre dispuesto a todo. Por eso tuvo las agallas de cruzar el ruedo para recibir a portagayola a sus dos toros, exactamente de la misma ganadería que el de su última cornada grave, también en esta misma plaza. Salió ileso de su pugna con una alimaña fuerte y peligrosa que le hizo pasar las de Caín hasta en banderillas. Y no pudo hacer milagros con el sexto, muy descastado. El presidente, con aires de ridículo dictadorzuelo, le indicó el lugar exacto (justo bajo sus pies) desde donde debía pedir permiso para lidiar al primero de sus toros. Y Manuel le hizo caso. Una pena: debió mandarlo a mamarla.

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