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EL TOREO, BORDADO A MANO

Por Paco Aguado / Foto: Teseo Comunicación

En Madrid presumimos poco de estas cosas. Siempre se ha hablado de que si Sevilla, de que si Ronda, de que si Córdoba, de que si Cádiz… Pero la verdad, la verdad de la buena, es que el Foro siempre ha sido, si no una de sus cunas, que también, la sala de máquinas del toreo. El sello inequívoco de una forma de vivirlo y entenderlo con clase pero sin alardes, con chulería sana pero sin roneo, como es la pura esencia del “gato”.

Y durante más de un siglo, ese centro de poder y decisión de las cosas del cuerno se concentraba en apenas unas manzanas de lo que ahora se conoce como el Barrio de las Letras, que quién lo ha visto y quién lo ve… Ese lugar donde ahora manda una peste de perritos cagones, patinetes, tiendas “vintage”, pisos turísticos y maletas ruidosas de  guiris sobre el defectuoso adoquinado, en su día fue el epicentro del toreo… y del flamenco.

El toreo se arreglaba, se hablaba, se discutía y se vivía desde la plaza de Antón Martín a la calle de la Cruz: entre Echegaray, Huertas y Ventura de la Vega; de la plaza de Santa Ana a la calle de la Victoria; desde la Tropical a Casa Domingo; en bares y colmaos, en fondas y hoteles… y en sastrerías de toreros. Solo en la calle del León, la de las tertulias de Quevedo y Lope, había hasta tres: la del Torta, la de Álvarez y la de Uriarte, que ya era la preferida de José y de Juan, por encima de la sevillana de Manfredi.

Todas las figuras de la Edad de Oro y de Plata, como los bordados que en ella se hacían, pasaban por sus probadores, mientras que el tío Domingo Dominguín maquinaba entre su casa de la calle del Príncipe, su despacho de la calle Atocha y el velador de la ventana de la Cervecería Alemana. Y fue en ese mismo taller de Uriarte donde comenzó a coser luces la iniciadora de una bella historia, la famosa Maestra Nati, que tiró para adelante como una jabata cuando el jefe la palmó antes de que estallara la guerra.

El Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid se ha acordado ahora de su hija, Isabelita, la continuadora de la saga, para hacerle un más que merecido homenaje a través de la exposición de unos cuantos capotes de paseo que son, además de auténticas obras de arte, un escueto pero brillante resumen de todo un siglo de delicado trabajo artesano en pro de la grandeza de la tauromaquia.

Isabel, que además del preciosismo de sus agujas y dedales heredó, con todo el derecho, el título de honor de su madre, se ha dejado sus bellos ojos, sus delicadas manos y toda su apasionada vida en la tarea de bordar las galas del toreo, adornando cada día el sufrimiento del trabajo duro con su apacible sonrisa y sus agradecidas palabras.

Ahora, con la serena belleza que no le ha restado el paso de los años, es toda una delicia poder escuchar sus historias vividas de primera mano, que expresan, con su paciente sabiduría de bordadora, todo lo que sabe y conoce de la historia del toreo y de tantos toreros que conoció y hasta la pretendieron, con toda lógica, en el taller de su madre y en el hotel Sevilla que regentaba su padre, que además escribía obras de teatro.

Todos ellos, desde las primeras figuras mexicanas hasta el mismo José Tomás, pasando por todos los chavales que debutaron en La Oportunidad de Vista Alegre, se pusieron alguna vez en sus manos y a su criterio para enfundarse de sedas con el buen gusto de la mejor tradición.

Si pasan estos días por Madrid no dejen de visitar esta exposición en la Sala Bienvenida de Las Ventas, que puede que sea de las cosas más toreras que se vean este San Isidro. Además de su deslumbrante obra y de piezas realmente excepcionales, tendrán la oportunidad de conocer a esta mujer admirable que, como su hijo Enrique Vera, siempre sonríen y siempre agradecen, con la misma luz que desprenden sus creaciones y con esa sabiduría taurina de fondo que brilla en cada puntada de oro, plata o azabache. Y dense prisa, porque el día 20 se vuelven a su taller, a seguir bordando a mano la historia del toreo.

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