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EL TOREO DUERME EN SUS MANOS

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Por Álvaro Acevedo / Foto: Arjona-Toromedia

Para esa cadencia, Antonio, por tus venas tiene que correr alguna sangre oculta, quizá muy lejana. Ese cante no se aprende: hay que mamarlo. Aquellos lances, acunando el son del toro en tus brazos, parando la tarde en esas muñecas antiguas, hay que llevarlos muy dentro y un día salen igual que otro día te enamoras y es ya para siempre.  Yo los tengo en el sentío, maestro, y ni quiero, ni puedo olvidarlos ya se acabe mañana este mundo. Ni tampoco esa media, Antonio, con el capote enroscándose muy lento, como dibujando una flor de primavera.
Y luego ese recital de punta a punta de una tarde en la que se resume lo que es la madurez de un torero. Tu faena al primero, al que embaucaste con aguante y pulso para que fuera por donde nunca quiso. El galleo gallista para sacar al quinto del caballo, por tafalleras lentas que se convertían en gaoneras, y la larga de remate, majestuosa y celestial.
No te tembló el pulso ni cuando te negaron la oreja del toro malo, ni cuando se lisió el quinto en banderillas, que yo creo que se partió las manos porque después de aquellas caricias de tu capote quería morirse pronto. Y fue entonces cuando salió el sobrero y, dejándote llevar, lo acompañaste con la muleta tersa, muy plana, siempre a su amor, sin hacerle daño. Y el toro la siguió con temple, y tu tauromaquia, de sabor y aroma, de puro paladeo, de olor a torero caro, se derramó por la Maestranza como se derraman las lágrimas del adiós. Y Sevilla, enamorada de Extremadura, poseída por un embrujo extraño, te aclamó en la vuelta al ruedo y te proclamó, el día de autos, triunfador de una Feria de Abril que hoy ha resucitado. El Toreo duerme en tus manos, Antonio Ferrera.

 

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