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EL ÚLTIMO ÁNGEL

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Por Álvaro Acevedo / Foto: Arjona-Lances de Futuro

Es un arte tan puro que no tiene pretensiones, tan cabal que no aspira a nada, salvo a renacer de vez en cuando. No posee el duende del palo gitano, ni lo anuncia ningún taconeo. No se vende, no se compra, no se entiende, no es de ahora y es de siempre. No hay poetas que lo cuenten.

Es de aquí, del Sur, y su naturalidad, su sencillez es tan deslumbrante que algo de sueño tiene que haber en esta maravilla. Es un arte misterioso, leve y a la vez profundo, frágil pero conmovedor, y duele sin hacer daño. Su dulzura nace en los dedos y en la cintura, que es donde está el compás del toreo, y brota suave y cuando Dios quiere, como debe ser. Es la brisa en tardes de bochorno, una luz en las tinieblas, un milagro en tiempos de matatoros.

La mitad del pueblo no acabó de enterarse, y es lógico: ni habían visto nunca torear así, ni lo volverán a ver. Pero yo os digo que para este cante es mejor nacer entre San Bernardo y La Alameda; que este soniquete se lo va a llevar p’allá el niño de Pepe Luis.

El día que conociste a mi Claudia, que es tan santa que no parece mía; y a mi Dani, que es tan artista que tampoco, no sabían ellos que les estaba besando un ángel. El último ángel del toreo. Va a haber que emborracharse, Pepe.

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