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ELECCIONES TAURINAS

Por Paco Aguado

Hace ya diez días que comenzó la campaña electoral más taurina de la reciente historia de España. Y lo hizo en Vistalegre de la mano de Santiago Abascal, que, a base de llenarlo con más gente en sus mítines, ha arrebatado la propiedad moral del recinto a su antítesis podemita.

Allí se presentó, en su casa, para hacerse querer por el taurinismo el líder de Vox. Y bien acompañado: de sus hijos, de Morante y del diletante Sánchez Dragó. No faltaron las fotos, claro, que se difundieron en la prensa más que las de la salida hombros de Emilio de Justo, solo que a la plaga de tertulianos que invade las teles se le pasó desapercibido un detalle  que les hubiera dado mucho  más juego.

Y es que nada menos que el mismísimo Cid le brindó al autoproclamado líder de esa simbólica reconquista la muerte de un toro que, para más coña, llevaba el nombre de “Morisco”. Anda que no hubiera dado la cosa para chistes fáciles… Claro que la metáfora acabó saliendo rana porque el cárdeno, bravo y entregado de verdad, ganó claramente la batalla y campeó a su gusto ante la muleta del sosias del Campeador.

El único reproche que cabe hacer a esta historia es que alguien se encargó de que la presencia de Abascal se adornara con un tinte demasiado patriotero, que no patriótico, con una banda que perpetró malamente el himno nacional tras el paseíllo y con un paisano que, para redondear la jugada, no tuvo otra ocurrencia que gritar un chirriante ¡Viva Cristo Rey! al final de tan desfasado alarde de fervor españolista.

Como si hubiera que meterlo todo –toros, política, patria, derecha– en el mismo y confuso saco, parece que algunos taurinos se empeñan en darles la razón a los sectarios de esta pseudo izquierda que ha estigmatizado el toreo como una actividad de asesinos fascistas e incultos. Y al que, por tanto, hay que hacer desaparecer de la faz de ese feliz mundo de Yupi que usan de falso cebo electoral.

Pero por mucho que hayan sido ellos, los podemitas y los falsos izquierdistas del revisionismo radical, los encargados de politizar el tema taurino con sus ansias abolicionistas, no es para nada conveniente ni inteligente que el mundo del toro entre a ese trapo de manera tan ciega y arrebatada.  Ni por la izquierda ni por la derecha.

Es cierto que, tal y como están las cosas, la tauromaquia se juega mucho en las próximas elecciones generales del 28 de abril. O incluso más en las municipales, autonómicas y europeas del ya conocido como “superdomingo” de finales de mayo. Pero, aun así, no deberíamos perder las verdaderas referencias de la situación política por la que atravesamos y, menos aún, de la que puede derivarse del incierto resultado de las urnas.

Todos sabemos ya que, hasta el momento, sólo el Partido Popular y Vox se han manifestado claramente a favor de proteger y defender el toreo. El PSOE, dependiendo del territorio, del caudillo o del ministro del que hablemos, mantiene una ambigüedad igual de cobarde y cínica que la de Ciudadanos, cuyos responsables ni saben ni contestan cuando se trata de hablar de toros. Mientras que la ultraizquierda, intentando tirar del para ellos perjudicial voto animalista, se ha decantado sin reparos ni rubor a favor de la prohibición.

Así que, por todo ello, en las próximas elecciones y a todos los niveles administrativos va a contar y mucho, por primera vez en la historia de España, el voto taurino. El voto de muchos miles de personas –¿quizá cientos de miles?– que, con indiferencia del revoltijo de propuestas intrascendentes y demagógicas de los programas de cada partido, se niegan a que nadie les arrebate por decreto un rito que representa su forma de entender la vida.

Aunque pudiera parecerlo frente a aspectos sociales y económicos de mayor trascendencia vital, esta de la defensa de los toros no se trata de una cuestión menor, pues atañe realmente no solo a las libertades individuales y a la esencia cultural de millones de personas, sino que también tiene consecuencias directas en el campo de la ecología, del trabajo o de la actividad comercial.

Pero sobre todo se trata de una cuestión visceral, de tripas y corazón. Se trata, en el fondo, de los sentimientos personales de una gran cantidad de españoles que sufren ante la agresión gratuita y radical de esas desnortadas generaciones que están convirtiendo la política en un maniqueo campo de batalla, en una torpe y enésima división entre españoles con cualquier tipo de excusa.

El mundo del toro, casi en general, espera y confía por ello en una victoria de la derecha, en la llegada al poder central y local de ese posible tripartito que desbanque al PSOE más desconcertante y errático en cuatro décadas de democracia. Solo que parece que nadie se ha puesto a pensar en serio qué es lo que podría pasar de darse el caso contrario.

Que nadie se engañe: esta radicalización de posturas, que ha venido provocada por esa izquierda a la que interesa revolver el río para pescar cargos y subvenciones, nos obligará a atarnos los machos de verdad si es que las poltronas se tiñen de rojo y de morado, pues será entonces cuando, a golpe de leyes y venganzas, el toreo correrá de manera efectiva y patente el mayor de los peligros con que le vienen amenazando.

Puede que lo más inteligente, dejando de lado el voto de cada cual, sea seguir enseñando los dientes como hasta ahora, como se está haciendo en esa alianza con otros sectores amenazados, para demostrarle al enemigo que puede que incluso seamos tantos o más que los grupos de “empoderados” con los que avalan esa dictadura de las minorías que tratan de imponernos. Como será la cosa, que hasta una representante de Podemos, sin vergüenza alguna, se plantó el otro día en la cabecera de la manifestación del mundo rural.

Es más, conviene enseñárselos también a los partidos de derechas que se están poniendo la medalla electoralista de la defensa de la tauromaquia que les han servido en bandeja de plata el resto de formaciones políticas. Porque, de llegar de nuevo al poder, será el momento de exigirles que, no como hasta ahora, cumplan las promesas que se van a hartar de hacernos por los callejones durante los tres tensos, inaguantables y espesos meses de campaña electoral que nos quedan por delante.

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