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REBELDES CON CAUSA

Por Álvaro Acevedo

Ha muerto Antonio Martínez, Finito de Triana, que era un señor y era un torero. Se le caía la amabilidad y la educación de los bolsillos, pero tras su sonrisa escondía un temperamento volcánico. Porque una cosa es ser buena gente, y otra, agachar la cabeza ante el abuso. Finito no aguantaba ni media tontería.

No haré aquí referencia a las batallitas que mi padre me contó de Antonio, ni las que Antonio me contó de mi padre, pero créanme si les digo que en aquella época había una plebe que no se dejaban posar una mosca encima, sobre todo si la mosca iba de lista, de chula o de prepotente. O sea, un Pablo Iglesias de la vida les duraba medio minuto. Luego salía el toro y tampoco se achicaban, como aquella vez en la que llegó al sorteo de los toros directamente desde el hospital, con todo el pecho lleno de parches y la cara de un muerto, y por la tarde estaba saludando montera en mano en la Maestranza.

Bien pensado, lo que están haciendo sus compañeros de plata estos días tiene un paralelismo notable con la manera de ser de Finito de Triana, un hombre de ley. Han sido semanas, meses de desprecio por parte de un Gobierno sectario, que ha ignorado las demandas del colectivo taurino hasta límites intolerables, y en particular, que ha guardado un silencio inmisericorde ante el sufrimiento de esos banderilleros y picadores que, después de haber estado tributando toda la vida para el Estado, se encuentran ahora con que no tienen ni para darles de comer a sus hijos.

Parece que, con el complejo de culpa por ser taurinos bien inoculado, aún nos escandalizamos con las imágenes de una calle cortada o de un neumático ardiendo, pero todo ello no es sino el fruto del hartazgo tras los nulos resultados obtenidos por la vía de la educación, el respeto, los buenos modales y los intentos (vanos) de diálogo con los secuaces de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en el Ministerio de Trabajo, ése que “no iba a dejar a nadie atrás”.

¿De verdad se podía esperar otra actitud? ¿Acaso no es humano, por mucho que sea con modos ilícitos, rebelarse ante semejantes pulsiones autoritarias? ¿No es acaso ilegal e inconstitucional lo que está perpetrando la ministra de Trabajo con estas personas? ¿Qué pensarían ustedes si, después de estar toda la vida cumpliendo con sus obligaciones tributarias, no tuvieran ahora ni para pagar el techo en el que viven? ¿Qué harían si ya no quedara en el bolsillo ni para comprar un paquete de lentejas? ¿Y qué se les pasaría por la cabeza si todo ello no fuera más que el resultado de las órdenes de un Gobierno que hace de la discriminación más nauseabunda su modus operandi?

Lo que ha llevado a cabo la facción más radical del Gobierno de España no ha sido más que un criminal despliegue de inquina, de odio y de humillaciones con el único fin de estigmatizar, pisotear y finalmente aniquilar a un sector, el taurino, por la única razón de que la Tauromaquia no entra dentro de sus supuestas “convicciones éticas”, ésas que sin embargo no les impiden comerse la boca con proetarras y narcodictadores. Y como prueba que reafirme esa “ética” que no se creen ni ellos mismos, no han dudado en dejar en una situación dramática a un sinfín de familias cuyos padres, hoy, se manifiestan en Madrid literalmente desesperados ante la pasividad de los que deberían ser nuestros representantes, pero que no son otra cosa que nuestros enemigos más despiadados, con toda su inquietante carga de fanatismo a cuestas.

El señalamiento, discriminación y represión de un colectivo por el simple hecho de serlo tiene un nombre que no empieza por “d” de democracia, sino por “f” de fascismo. Descansa en paz, Finito de Triana. Te has ido, pero por aquí se ha quedado tu espíritu rebelde.

 

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