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GANADERO DE BRAVO

Por Paco Aguado / Foto: Maurice Berho

Toda la vida llevaré en mi cabeza aquella frase que, en una larga y sabrosísima tertulia, soltó, como una sentencia de juez supremo, como una verdad inapelable de doctor en la materia, el ya ausente Fernando Domecq Solís: “Un toro bravo, pero realmente bravo, no aguantará nunca dos faenas… de las de verdad”.

La frase, puede que paradójica si no se capta el verdadero y trascendente fondo que encierra, es, además de una declaración de intenciones, un compendio de muchas décadas en contacto con la ganadería y el resumen perfecto del concepto de bravura por parte de quien no solo era criador de reses de lidia, sino también un sobresaliente aficionado.

Porque, ante todo, eso es lo que era Fernando: un fino analista de la tauromaquia, un estudioso del toreo, un constante conversador y pensador de las profundidades de este arte, sobre la base de un interés absoluto por el toro y el torero, con una dedicación y una sagacidad que son condición sine qua non para poder ejercer como ganadero con un mínimo de garantías de éxito.

Hablar de toros con este otro sabio Domecq era entender sin esfuerzo los más profundos registros de la técnica del toreo y los cientos de matices del comportamiento del toro, que él sabía desbrozar y explicar con sabia sencillez en cualquier reunión, pero sobre todo, al final de los durísimos tentaderos en su finca cacereña de Moheda.

Quien firma estas líneas ha visto pocas veces –por no decir, ninguna más– sangrar a las vacas tanto como en esa casa. Y pocas veces, también, sudar tanto a los toreros a la hora de someter a las fuertes y enrazadísimas utreras que les soltaba Fernando en unos tentaderos que tenían emoción, espíritu y sensaciones de corrida de toros.

Qué poco saben los aficionados y periodistas topiqueros de nuestros días, que hacen tabla rasa en la condena sistemática a todo lo que lleve el sello ganadero de Domecq, de la descomunal autenticidad de aquellas pruebas de bravura, de la dureza de la exigencia y del nivel con que se hacían las cosas en esa casa, hasta cotas que dejarían a muchos de esos hierros que algunos llaman “toristas” a la altura de la borreguez.

Quizá por eso, porque vivimos en el reino del prejuicio y la frase hecha, ahora que nos ha dejado e igual que sucedió con su hermano Juan Pedro, no habrá para él elogios y ditirambos tan manidos y rancios como los que suelen dedicar a los ganaderos de su gusto los aficionados de pañuelo verde y los roba meriendas con cámara de fotos.

Pero la historia del toreo, los hechos, el trabajo y la dedicación vital, son tan rotundos, tan palmarios, que no entienden de amistades ni de intereses personales. Y por eso habrá que considerar para siempre a Fernando Domecq como uno de los ganaderos más decisivos del último medio siglo del toreo.

Desde que se hiciera cargo del hierro familiar de Jandilla, a primeros de los ochenta, y luego creara Zalduendo, en los 90, este otro gran alquimista de la saga jerezana ha sabido, por su puro concepto y por la aplicación de las más modernas técnicas de manejo y genética, llevar la bravura hasta su lujoso estado actual, incluso atravesando épocas tan duras como la de las caídas generalizadas a finales del pasado siglo o la de la masificación ganadera de primeros de éste en el que vivimos.

Por encima de modas, fiel a sí mismo y a sus convicciones, Fernando Domecq hizo de Jandilla y de Zalduendo dos de las ganaderías punteras de la raza de bravo, añadiéndoles más entrega, más profundidad, más emoción. Contra viento y marea. Y hasta sabiendo como sabía que, para poder responder a esa masificación de corridas, la técnica del toreo iba por otros derroteros, más especulativos, más defensivos, que los que necesitaba la bravura total de sus ejemplares, como aquel inolvidable “Jarabito” de Sevilla.

De ahí, precisamente, aquella frase que habría que grabar en piedra, la que, como gran observador y conocedor que era, venía a explicar que ese tipo de toreo lineal y aparente, poco obligado y nada exigente, que algunas figuras extendieron al rebufo de la cantidad, permitía hacer faenas muy largas, casi dobles, a toros sin verdadera entrega.

Por el contrario, la auténtica bravura, la que exige someter y darse en la misma medida de generosidad, se gasta, de pura entrega, cuando encuentra una respuesta igual de auténtica en la muleta de un valiente que la sepa gobernar.

Ahora que se ha ido, queda su legado y su ejemplo, repartido por otros hierros. E incluso en el que vendió hace ya cinco años, cuando sabía que empezaba el fin. Aunque muchos la han desahuciado por los últimos resultados, Fernando puso tanto en esa ganadería que, a poco que haya suerte y acierto en su manejo, el fuego de la mejor bravura todavía puede encenderse con sus rescoldos.

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