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HARTOS DE GILIPOLLECES

Por Paco Aguado

Un mes largo llevan los politólogos, los periodistas especializados y los responsables de los propios partidos intentando explicarse los “sorprendentes” resultados de las elecciones andaluzas y el cambio de rumbo del electorado. Pero de entre las muchas causas que barajan nadie ha señalado todavía una de las más determinantes: el hartazgo ante la insoportable multiplicación de gilipolleces a la que nos someten.

Y es precisamente por ahí por donde los partidos de todo signo deberían haber empezado a buscar para, con una autocrítica hasta ahora inexistente, llegar a entender que también esos guiños a los excesos de la cínica corrección política les han llevado a perder la confianza de la gente normal y sensata que ve peligrar hasta el más mínimo sentido común en esta creciente ola de puritanismo dizque “progresista”.

Es esa mayoría silenciosa que trabaja, que las pasa putas para llegar a fin de mes, que con su esfuerzo saca adelante a los suyos y de paso al país, la que se está empezando a hartar del clasismo moral de esta pseudo izquierda dictadora. Harta de estar harta de que le digan lo que puede o no puede hacer, pensar, disfrutar o incluso decir. Y de que día tras día la sigan bombardeando con nuevas y más retorcidas cargas de gilipollez.

Mientras las jóvenes generaciones se aborregan en el redil del iphone, donde se abstraen del negro presente y del ruinoso futuro a que les condena un desértico panorama de trabajo precario y temporal, mientras que, en vez de salir a la calle a defender una vida digna, lo hacen para protestar por la muerte de un perro, paradójicamente hay gente más mayor y más rebelde, de población rurales o no, que está empezando a decir basta.

Esa gente más vivida, más sufrida, más abierta y democrática es la única que parece darse cuenta de que nos están imponiendo por decreto hasta la forma hablar y de divertirnos para igualarnos en estupidez. Es lo que parecen pretenden tantos vende humos como nos dominan: convertirnos, como ellos, en urbanitas de patinete y perro-hijo que, más que a las personas, defendamos a unos animales que solo han visto durante la excursión del colegio a la granja-escuela.

Sí, es esa gente normal, la no abducida por esta corrosiva globalización del capitalismo salvaje, la que no puede más. Entre ellos el señor que, al llegar el otoño, sale a disfrutar del campo con su perro y su escopeta, caigan o no las perdices, o con sus galgos a por unas liebres que, este año, al menos en torno a Madrid, están sospechosamente inoculadas de enfermedades. Son los cazadores que ayudan así a un equilibrio ecológico del que no tiene la más remota idea la jipipija ministra del ramo que quiere darse el gusto personal de prohibirlos.

Como también están hartos todos aquellos a los que los verdaderos trastornados insultan y llaman asesinos porque les gusta ir a ver toros, a la plaza o a las calles, para sentir el temblor eterno del miedo y del valor, auténticos rebeldes y humanistas que se sitúan más allá de la virtualidad pajillera de quienes solo se relacionan con el mundo a través de los gigantescos negocios globales dirigidos desde Silicon Valley.

Son todos esos, y muchos más, los que están hasta las narices de tanta y tan injustificada superioridad moral, como la de Teresa Rodríguez y sus podemitas gaditanos, que querían imponer jornadas de ocho horas para los animales que trabajan en un campo andaluz donde hace ya muchos años que las bestias no tiran de los arados. Poco campo, pues, ha visto últimamente esta señora, pero tampoco la calle, donde este estado de opinión se pulsa a la mínima conversación con un paisano cualquiera.

Pero en ello siguen, envueltos y aislados en sus sucesivas capas de espesa gilipollez, estos falsos santones del todos y todas que siguen pescando votos en los extremos de la insensatez, sobre todo en ese demencial animalismo de moda que cierra por violentos los canales taurinos en ese youtube donde se hacen famosos una legión de influencers mamahostias o en esas redes que señalan una foto de un grupo de chavales de una escuela taurina como material susceptible de afectar la sensibilidad de las personas.

Estos trastornados fanáticos, entre los que se incluyen los “compasivos” que acompañan a las vacas y a los corderos hasta el corredor de la muerte del puntillazo eléctrico, quieren hasta censurarnos el lenguaje, tal que esos terroristas del PETA –qué buen nombre para una asociación delirante- que, para no ofender a los animales, quieren que no digamos, ni siquiera los forcados, que en muchas situaciones de esta vida hay que saber agarrar al toro por los cuernos.

Aparentemente, todas estas serían solo unas cuantas gilipolleces más de las docenas que escuchamos a diario a tanto pazguato del Ejército de  Salvación del siglo XXI. Solo que, una tras otra, acumuladas, pueden derivar en situaciones como la del parlamento riojano, donde los amantes de los gatitos capados, probablemente por inconfesables intereses comerciales, han conseguido que cuatro partidos políticos impongan por ley el “respetuoso” trato que supone la castración masiva de todas las mascotas, a razón de doscientos euros del ala.

E incluso la creación una especie de Gestapo animalista que vigile que los perritos salen dos veces diarias a llenar de más mierda las ciudades o que no pasen más de cuarenta y ocho horas solos en las fincas… mientras que, sin perrito que les ladre ni hijo ni nieto que les visite, cada vez son más los ancianos que mueren de soledad y desamparo en el vacío de sus casas, aislados y arrinconados por una sociedad insolidaria y egoísta que se dice moderna y progresista.

Así que no se extrañen los políticos que siguen sumidos en estos mundos de Yuppi de que la gente les haya dejado de votar y que busque otras vías, por desesperadas o peligrosas que parezcan, con tal de que la tan extendida gilipollez deje de ser un criterio que marque hasta las formas de gobernar un país. Porque la gente del nuestro, la mayoría de esta España a la que quieren desnortar, es mucho más libre, inteligente y sensata de lo que creen quienes, por intereses bastardos, pretenden imponerle su forma de ver el mundo.

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