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HE AQUÍ UN MAESTRO

Por Álvaro Acevedo.

La categoría de maestro, hoy atribuida incluso a cualquier asaltatrenes micrófono en ristre, es un honor que en realidad pocos merecen. De los toreros, por ejemplo, Enrique Ponce se lo ha ganado a pulso, y con esa vitola se pasea por los ruedos entre el reconocimiento generalizado. Pero nadie (bueno, casi nadie) puede vivir de las rentas, así que tardes como la de hoy le mantienen en su status: sí, es un maestro.
Por eso le cortó las orejas al excelente cuarto de la tarde (la corrida de Juan Pedro Domecq fue estupenda) después de cuajarlo con el capote. Pero de cuajarlo de verdad, con las manos bajas en verónicas lentísimas, muy puras, que llegaron al público como llega el toreo no sólo dicho, sino también hecho. La media que abrochó aquel soberbio toreo de capote fue también lenta, y un quite por chicuelinas le salió bordado.
Con la muleta hubo una primera serie en redondo en la que Enrique volvió a ralentizar la embestida hasta límites excepcionales y arrastrando casi media muleta por el albero. En mi opinión fue el cenit de una faena muy notable, en la que también destacó un abanico de suaves naturales, y un toreo por bajo final de gran nivel. Ponce además vendió bien la mercancía, porque también es de buen torero torear sin torear, de manera que la afición se le entregó sin reservas. Su triunfo fue de ley.
Lo hubiera sido también el de Finito de no haber pinchado a su primero, de buen aire pero rajado a última hora. Para mí su colocación, el trazo de los muletazos, la forma de enganchar, conducir y expulsar las embestidas gracias a sus muñecas prodigiosas, y la calidad y naturalidad de su toreo, supusieron un verdadero soplo de vida en estos tiempos terribles de la noria, el arrimón y el banderazo. Qué gran torero es Finito de Córdoba…
El tercer espada, Cayetano, pareció un principiante al lado de sus compañeros de terna. Lo vi con voluntad pero no tan comprometido y enrazado como por ejemplo en Sevilla. Toreó siempre por fuera, con escaso ajuste, no le cogió el ritmo al manejable tercer toro, y tardó una barbaridad en atacar de verdad al sobrero, que era de dos orejas. Le dieron una, y porque la gente al final es santa. Cayetano debió estar bastante mejor.

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