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HONORES AL CICLÓN

Por Álvaro Acevedo / Foto: Carlos Núñez

El Ciclón soplaba por última vez al calor de su plaza, porque Jerez de la Frontera se queda ahora huérfana de toreros nacidos en la tierra. De pequeño viví la pasión por Rafael de Paula y ahora contemplo la que genera Juan José Padilla, lo que implica un fenómeno sociológico curiosísimo. Yo he visto a unos flamencos jalear los lances al aire de Rafaé antes de que saliera el toro, y hoy Jerez parecía Pamplona en la vuelta al ruedo final, bandera pirata en mano entre gritos de “illa, illa, illa, Padilla maravilla”. O algo así. Había cortado tres orejas frente al lote bueno de la tarde, mas con la suerte a la contra Padilla hubiera triunfado igualmente. En sus circunstancias el torero queda en un segundo plano y prevalece el héroe popular, el guerrero inasequible al desaliento.

El público lo adora, y tiene razones para hacerlo, pues se marcha machacado por el destino pero con la misma garra que desplegaba en sus comienzos como becerrista, cuando gateando por el suelo era capaz de quitarle a la vaca la muleta de entre las patas, después de una voltereta. ¿Acaso alguien duda, 35 años después, de que Juan José Padilla no se ha ganado a sangre y fuego, a tumba abierta, todo lo que tiene? La despedida de los suyos giró, una vez más, en torno a la exhibición extrema del esfuerzo. Largas cambiadas, banderillas, rodillazos, circulares, desplantes, estocadas, ataque y más ataque. Pero los ganaderos ven los toros con Padilla, porque cuando se calma los lleva largos y con limpieza. Así lo hizo frente al cuarto de la tarde, un ejemplar extraordinario que destacó dentro de un conjunto decepcionante sobre todo por su falta de energías. Padilla lo esperó en los medios y le formó un taco muy gordo en una primera tanda de derechazos de rodillas. Y ya en pie, con el toro embistiendo a la voz, desplazándose con ritmo, parándose entre pase y pase, esperando que lo volvieran a citar, y arrancándose de nuevo con la misma fijeza y calidad, Juanjo le pegó unos cuantos muletazos impecables antes de pasar a las hostilidades. Le había brindado a sus padres, que lloraban en la barrera porque sí, porque la sangre de un hijo duele en carne propia. Se despidió el pirata de su casa, y lo hizo con todos los honores.

Padilla compartía protagonismo con Morante, porque si uno se iba, el otro volvía, y de testigo de ese ir y venir ejerció Manzanares. Su primero tuvo ritmo pero no podía con el rabo; y su segundo desarrolló genio y dificultades. Éste, lógicamente, no se cayó. Fácil con el fácil y muy incómodo con el difícil, en general le vi frío de cuello, todo lo contrario que a Morante, que sin toros hizo lo mejor. Unos ayudados preciosos al del regreso, que era un marmolillo, y tres lances buenos para reventar al quinto antes de que un chocazo con las tablas le dejara tocadito del ala. “A mi ex marido le pasó lo mismo”, dijo una morena en el sol. Luego la faena, casi inventada, tuvo hambre y cositas, mucho aroma, ese aire de torero único, y  con el gentío muy pendiente, esperando a ver si pasaba lo que no pasó. No te vayas más Morante, que como tú dices, hoy se torea peor que nunca.

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