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JOSELITO (Y BELMONTE), CIEN AÑOS DESPUÉS

(OPINIÓN)

Por Domingo Delgado de la Cámara / Foto: Archivo

Se han cumplido cien años de la muerte de José Gómez Ortega “Gallito”, más conocido por Joselito, en las astas del toro “Bailaor” en Talavera de la Reina. Para recordar la efeméride, se habían programado multitud de conferencias, exposiciones y actos conmemorativos, que desgraciadamente no van a tener lugar a causa de la pandemia del COVID 19. Como dice el refrán, el hombre propone y Dios dispone. Unas circunstancias tan graves como extraordinarias, están impidiendo el homenaje que merecía tan gran torero.

Pero, a pesar de la reclusión domiciliaria a la que el coronavirus nos obliga, los aficionados a la Historia del Toreo, a través de las redes sociales y los medios de comunicación, están sosteniendo una interesante polémica acerca de la significación histórica de tan importante lidiador. Algún escritor muy belmontista se ha revuelto contra lo que él considera una interpretación desviada de la Historia por parte del “revisionismo gallista”.  Me gusta el término de “revisionismo gallista”. Me incluyo en él, porque muchos consideramos que la Historia oficial del Toreo ha minusvalorado a Joselito, no reconociendo su importante aportación al toreo moderno. Y en medio de la discusión, ha surgido una tercera corriente conciliadora, con el argumento tan práctico como poco estimulante de “tengamos la fiesta en paz”.

Yo celebro que haya surgido esta polémica, porque quiere decir que cien años después José y Juan siguen interesando, a pesar de que sus devotos partidarios son personas que, por razones de edad, nunca los vieron torear en directo. También una triste constatación: esta polémica demuestra el escaso interés que suscitan los toreros del presente (salvo alguna excepción), incapaces de alimentar las pasiones que todavía generan Joselito y Belmonte.

Se ha escrito mucho sobre los protagonistas de la “Edad de Oro del Toreo”. Creo haberlo leído prácticamente todo. Permítaseme que desconfíe de casi todo lo escrito. Justifico mi desconfianza en mi experiencia personal.  Debido a mi precoz afición taurina, a los quince años ya había leído a todos los críticos e historiadores principales de la Edad de Oro. Los Reyes Magos de 1985, me trajeron un vídeo de la Filmoteca Taurina Gan, llamado “Antología del Toreo”, cuyos principales protagonistas eran Joselito y Belmonte. Ver aquellas imágenes supuso una verdadera conmoción para mí…

Joselito, con su variedad capotera, su genialidad con las banderillas y su dominio con la muleta, sí se ajustaba a lo que se había escrito de él. Pero las imágenes de Belmonte me dejaron totalmente confuso. Había una contradicción evidente entre lo que se había escrito y las imágenes que yo acababa de ver. A partir de ese momento, adopté un enorme escepticismo ante los escritores del pasado. Escepticismo en el que todavía continúo.

Porque ¿qué es más fiable? ¿Las crónicas del momento o los fotogramas que han llegado hasta nuestros días? Sin lugar a dudas los fotogramas, porque podemos ver a toros y toreros en movimiento, sin intermediarios. Por tanto, si existe una contradicción entre las imágenes y lo escrito, es evidente que el equivocado es el escritor. Por razones obvias, las imágenes no se equivocan, no pueden equivocarse. Y las filmaciones son la fuente más fiable para poder interpretar el toreo de un determinado momento de la Historia.

Cuando se habla de tiempos pretéritos, siempre surge la objeción de que juzgar el pasado con los criterios del presente conduce a conclusiones falsas que deforman la percepción de la Historia. Y es muy cierto desde un punto de vista moral o filosófico. Pero no es cierto desde un punto de vista científico y técnico. Y la tauromaquia es, antes que nada, una ciencia y una técnica que se ejecutan delante de un toro. En otras palabras, la creencia antigua de que la tierra era plana era errónea, como se encargó de demostrar Juan Sebastián Elcano cuando dio la primera vuelta al mundo. De la misma manera, las infecciones no se curan con los sortilegios del brujo local, como se creyó durante siglos, se curan con penicilina, como Flemming acreditó. Por tanto, a la hora de enjuiciar el toreo del pasado es imposible desprenderse de los criterios actuales, por tratarse de una cuestión eminentemente técnica. Y lo está diciendo un aficionado que no es precisamente modernista.

Así que, dicho todo esto, veamos fríamente las imágenes cinematográficas que quedan de José y Juan. Empezaremos por el segundo. De Juan tenemos imágenes de su primera época, cuando toreaba con Joselito, y de su reaparición en 1934. Con el capote sí existe una relación entre el primer y último Belmonte. Enlaza las verónicas con la pata para adelante, pero siempre de puntillas y con los brazos muy altos. Estas verónicas pueden ser, si ustedes quieren, las abuelas de las verónicas actuales. Pero no son las verónicas actuales, falta asentarse y bajar la mano.

Con la muleta, el primer Belmonte es muy desconcertante. Un amasijo de molinetes y desplantes sin apenas toreo fundamental, y todo a gran velocidad. Esto apenas se parece al toreo actual, que dicen fundado por él. ¿Qué vemos en su faena de Nîmes en 1934? En primer lugar, hay que advertir que nos encontramos en la etapa de su madurez artística, como cuentan sus biógrafos. El torero se ha templado, sus faenas tienen un ritmo más pausado que en la primera etapa. Pero el muleteo se basa únicamente en la mano derecha, en muletazos por alto expulsando al toro y dados sucesivamente por distinto pitón, sin dar nunca dos muletazos sucesivos por el mismo lado. El torero corrige la posición constantemente. Esto es lo que hay. Añadamos un puñado de preciosas fotografías de medias verónicas perfectas, y alguna que otra fotografía de algún natural y algún pase de pecho muy rotundo. Y ya no hay más. Sólo palabras. De ese mismo año 1934 en Nîmes, tenemos la filmación de una faena del tosco y vulgar Marcial Lalanda, toreando muy retorcido, pero ligado en redondo y bajando la mano. En ese momento el toreo de Belmonte ya estaba totalmente anticuado, aunque nadie se atreviera a decir tamaña osadía.

Ahora veamos los fotogramas de Joselito. Deslumbra su variedad con el capote: largas y revoleras, recortes, galleos, toreo con la capa al brazo. Con las banderillas es una cumbre en la Historia del Toreo. Nadie le ha superado. Ahí están las imágenes que lo demuestran. Con la muleta exhibe un dominio férreo del toro en los pases de castigo, tiene un variado y alegre repertorio, y da muletazos sucesivos por el mismo pitón. Es decir, torea en redondo. Lo hace en movimiento, pero ya torea en redondo. Este es el antepasado directo del toreo de muleta actual, luego perfeccionado por otros, pero aquí tenemos el inicio. Tenemos a nuestro alcance dos filmaciones que lo confirman: las imágenes del segundo toro de la tarde el 3 de julio de 1914, cuando en Madrid mató en solitario siete toros de Vicente Martínez; y la torerísima faena a un «albaserrada» en Barcelona el 30 de junio de 1918. La serie ligada en redondo la intercala con pases de castigo y adornos, pero ya está ahí y la prodiga habitualmente. Será Chicuelo, diez años después, quien haga del toreo seriado en redondo el basamento casi exclusivo de la faena. Pero es evidente la fuente de donde bebe: Joselito.

Belmonte, más allá de algún momento puntual, no toreaba en redondo ni al final de su carrera, como certifican las imágenes. Belmonte es mucho más moderno con el capote que con la muleta. Joselito es exactamente al revés, mucho más moderno con la muleta que con el capote. Insisto en que me baso en las imágenes, no en la ideología taurina generada por unos y otros.

Por tanto, la contribución de Joselito a la técnica taurina actual es importantísima. Es el antepasado de la faena de muleta actual, ligada en redondo, cosa que no hacía Belmonte que, sin embargo, es el antepasado de la verónica actual. Los exégetas de Joselito, empezando por Gregorio Corrochano, insistieron en el poderío y la variedad de Joselito, pero no se dieron cuenta de su toreo en redondo. Quien se va a percatar de esta circunstancia es José Alameda en fecha tan tardía como 1979, tal y como aparece reflejado en su libro “Historia Verdadera de la Evolución del Toreo”. Desde luego, Alameda está en lo cierto. Su discurso es el único que no entra en contradicción con las filmaciones de la época.

Y el discurso más contradictorio con las filmaciones, es sin duda, el de los belmontistas. Por ejemplo, cuando confrontamos las imágenes con los escritos de Luis Bollaín, la situación es absolutamente surrealista. Decir que Belmonte es el creador único y verdadero del toreo moderno y todo lo que llegó después es pura degeneración, es una tesis tan delirante que no merece la pena ni rebatirla. Los sevillanos, con su guasa particular, llamaban al escritor “la viuda de Belmonte”. Demoledor.

La mayoría de los elogios y ditirambos que se dedicaron a Belmonte tras sus grandes triunfos fueron totalmente sentidos y sinceros. Y fueron dictados por la emoción profunda que suscitaba El Pasmo de Triana. Recomiendo que lean la “Oda a Belmonte” de Gerardo Diego. En este poema se recoge magistralmente la emoción que suscitaba el personaje “vencedor del mundo y de sí mismo”.  El gran aval de Belmonte fue su enorme personalidad, tenía una gran percha literaria, como dijo Alameda. Y por eso los intelectuales y los artistas se volcaron con él y tejieron en torno a su persona un inmenso mito, con muchas exageraciones y mucho snobismo, todo hay que decirlo. El patetismo de un hombre que, al principio de su carrera, estaba a merced de los toros, causó una enorme conmoción que hizo correr ríos de tinta. Lo malo es que lo escrito luego no se corresponde con las imágenes. Por tanto, las valoraciones humanas y estéticas, son muy respetables. Pero las valoraciones técnicas son insostenibles, como ya hemos visto. Y esas valoraciones técnicas incorrectas tenían que haberse corregido conforme el toreo fue evolucionando y mejorando. Pero no se hizo, eso era demasiado para la soberbia y fatuidad de quienes habían construido el mito. Así que se prefirió poner verde a Manolete, acusándole de todo, porque este sí que de verdad se quedaba quieto y se pasaba al toro cerca, superando ya completamente las tesis del “belmontismo”. Luego, un montón de personas que leyeron los textos sin posibilidad de confrontarlos, repitieron las exageraciones y las tergiversaciones hasta llegar a nuestros días.

En realidad, el proceso de formación del toreo moderno es una obra colectiva en la que Joselito, Chicuelo y Manolete, son tan importantes como Belmonte. Los tres primeros representan la secuencia del toreo en redondo, fundamento absoluto de las faenas de muleta actual. Joselito lo experimenta; Chicuelo hace del toreo en redondo la base de la faena; y Manolete lo impone definitivamente, siempre y con todos los toros. ¿Entonces qué aportó Belmonte? Belmonte aporta una serie de inquietudes que, aunque él no concreta, las deja en el ambiente, y otros se encargarán de concretar. Por ejemplo, la obsesión por el estilo, por la estética, que tiene como primera consecuencia la generación de estilistas de los años veinte y ejemplares tan rotundos como un Morante o un José Tomás muchos años después. Aporta también la obsesión por quedarse quieto y cerca del toro. Las imágenes demuestran que Juan no lo consiguió, quien lo conseguirá definitivamente es Manolete (primer torero auténticamente moderno, profetizado por Joselito, Belmonte y Chicuelo) y tendrá su culminación absoluta en Paco Ojeda. Belmonte es el Espíritu Santo del Toreo, obligó a los toreros a pensar en lo que estaban haciendo…

Se han escrito bibliotecas enteras glosando la quietud de Belmonte, que no es tal. Sin embargo, sus panegiristas no vieron la gran aportación técnica de Juan, que fue irse al pitón contrario, lo que le permitió desplazar las embestidas y sobrevivir como torero. Claro que, desplazaba tanto, que tenía dificultades para engarzar el siguiente muletazo y casi siempre tenía que reponerse. Pero el hallazgo del pitón contrario fue muy importante para defenderse del toro con sentido y provocar la arrancada del toro parado. Con respecto a bajar la mano, Belmonte siempre toreó con las manos altas. Serán los toreros de los años veinte y treinta quienes empiecen a bajar la mano decididamente al dar naturales y derechazos. Esto es lo que hicieron unos y otros…

Por tanto, es obligado homenajear a Joselito cien años después de su muerte. Su experimentación del toreo en redondo le hace un torero muy importante para el devenir de la técnica del toreo moderno. Además, y estos son datos indiscutibles, Joselito es el padre del toro actual. Y es el impulsor del negocio de los toros, tal y cómo ahora se entiende, con la construcción de las plazas monumentales. También tenía muchas ideas novedosas sobre cómo dirigir la carrera de un torero; apoderados como Camará o Dominguín padre, siempre reconocieron a Joselito como su maestro. La influencia de José Gómez Ortega en casi todas las facetas de la Tauromaquia de nuestros días es muy importante. Toda esa obra ingente la hizo a una edad inverosímil, conviene recordar que murió con 25 años. Nunca jamás nació un torero tan completo y con tanto amor por su profesión. Cien años después Joselito sigue siendo un ejemplo a seguir.

Por cierto, repasando el libro que sobre José escribió Antonio García Poblaciones en 1921, me encuentro con este comentario del matador retirado Enrique Vargas “Minuto”: “empiece usted por el pase natural, esos los daba por series, de liaba a dar vueltas con el toro y lo mareaba”. Es decir, aunque los escribientes no se dieron cuenta de lo que había hecho Joselito, los toreros sí lo percibieron. Y hablando de toreros, el mejor partidario que tuvo Joselito fue Juan Belmonte, que se hubiera sumado encantado al homenaje que merece José.

 

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