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KENNEDY

(OPINIÓN)

Por Álvaro Acevedo

Observo con desolación –y a la vez, sin sorpresa– la lentitud y torpeza con la que se mueve el sector taurino en este escenario caótico, con personas muriendo en cascada y patanes al frente de un Gobierno que no pide ni perdón. Solo El Juli ha reaccionado con rapidez al guante lanzado por Pau Gasol y Rafa Nadal, y se ha sumado a un proyecto recaudatorio que bien podría haber tenido paralelismo en el mundo de los toros, abanderado por José Tomás y Morante; por Ponce y el propio Juli; por Talavante y Roca Rey; por Manzanares y Cayetano; por Pablo Hermoso y Diego Ventura… No solo no ha sido así, sino que, a esta hora de la tarde del domingo 29 de marzo, y dos días después de que Julián anunciara en un vídeo su apoyo económico a la causa, nadie ha seguido sus pasos (al menos de manera pública). Los festivales benéficos están muy bien, pero la pandemia no puede esperar.

El problema es que falta comunicación y organización, y un verdadero líder que marque el paso, aparte de un problema casi genético: los toreros siguen viviendo en su burbuja, al margen de esa sociedad que luego ha de pasar por taquilla. Román y Álvaro Lorenzo sí han promovido algunas iniciativas particulares, y varios matadores han utilizado las redes sociales para hacernos más llevadero el confinamiento. Y se agradece, pero el drama no está en las casas, sino en los hospitales, y yo –sin ánimo de ofender a nadie– he echado de menos una reacción impactante y  potente, en bloque, por parte de los líderes de la Fiesta, que no son ni los empresarios, ni los ganaderos, ni la FTL, sino las grandes figuras del toreo y otros matadores cuya relevancia social supera con creces a la profesional.

Para colmo, y a pesar de que el Ministerio de Cultura se ha comprometido a contemplar el Toreo a la hora de las subvenciones y ayudas para combatir la debacle económica que planea sobre el sector, los diferentes colectivos taurinos no han tenido paciencia y han redactado una carta con una serie de peticiones al ministro, y cuyo contenido ha trascendido a los medios. Dicho con menos miramientos, que alguien se lo ha filtrado a Vicente Zabala de la Serna, y éste lo ha publicado en El Mundo entre la indignación del sector, que ha tachado a Zabala incluso de «antitaurino». O sea, la peregrina idea de que el que hace daño a la Fiesta no es el que la pone en ridículo, sino el que lo cuenta.

Me abstendré –para no ser reiterativo– de aclarar la diferencia entre Periodismo y Relaciones Públicas; y de valorar el contenido de una carta en la que la mayoría de peticiones eran lícitas no ahora, sino incluso antes de la pandemia. Tampoco hurgaré en esas dos peticiones surrealistas motivo de la discordia, y que daban vergüenza ajena; ni tampoco, acerca de la teoría que sostiene que esa carta con fecha de salida y con el logotipo de todas las asociaciones taurinas, era en realidad un borrador, y que en la carta final no se incluían esos dos puntos propios de gente que no está en sus cabales. Y me abstengo de todo ello porque la idea de enviar una carta con una serie de demandas era un flagrante y lamentable error, al margen de su contenido.

El 20 de enero de 1961, John F. Kennedy pronunciaba su discurso de investidura como trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América. Yo recomiendo su relectura, primero porque tiene algo de inquietante profecía; y segundo y sobre todo, porque en estos días negros de mítines a traición en cada telediario, es edificante observar la sideral distancia entre aquel político cabal y estos mentecatos que nos gobiernan. O sea, la diferencia entre la brillantez y la vacuidad; entre la clarividencia y el ofuscamiento; entre la honestidad y la demagogia; entre la sensatez y la imprudencia; entre el sentido de Estado y la falta de escrúpulos. Y al hilo de ese discurso que hoy vuelve a cobrar vigencia, Kennedy pronunció una frase dirigida a sus compatriotas que viene como anillo al dedo del taurinismo: “No te preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregúntate que puedes hacer tú por tu país”.

Los colectivos taurinos debieron esperar la llamada del ministro y negociar como hay que negociar, en tiempo y forma, sentados en un despacho, con los números en la mano y con las ideas muy claras. Y la carta con acuse de recibo no debió ser jamás de demandas, sino de ofrecimientos en estos momentos terribles:

“Señor ministro, la FTL, en nombre de todos los colectivos profesionales taurinos, quiere comunicarle que estamos dispuestos a abaratar radicalmente el precio de las entradas; a rebajar las comisiones de apoderamiento; a reducir sensiblemente el caché de las figuras; a ajustar razonablemente los honorarios del resto de toreros; los sueldos de las cuadrillas; y el precio de los toros, especialmente en las escasas ganaderías que de verdad están cotizadas; a reorganizar la temporada; a buscar nuevas fechas; a remodelar las ferias que no se han celebrado; y a emprender todas las acciones que sean precisas para recuperar la ilusión de los cientos de miles de aficionados que acudían a las plazas, y que ahora no pueden hacerlo. En definitiva, estamos aquí para poner nuestro granito de arena en la reconstrucción de España. Atentamente, EL TOREO”.

Todavía estamos a tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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