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SEVILLA EN SUS MANOS, SEVILLA A SUS PIES

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Por Álvaro Acevedo / Foto: Arjona-Toromedia

Era bajo y con un cuello que no acababa nunca, y su mirada franca prometía la gloria. Arriba alguien debió sonreír en paz: el treinta y cinco “Orgullito” había caído en manos del maestro. Veinte años después sabemos que el camino es eterno, que un torero, si lo lleva dentro, siempre tiene la última palabra. Dos lances en el quite mostraron el compás del toro, y la media, a pies juntos, tuvo hasta su soniquete por Chicuelo. Se oyeron los clarines anunciando la hora de la muerte, y tras brindar al gentío, El Juli puso orden.

Se dobló con el toro suave, sin hacer sangre, y el ayudado final fue muy rondeño, rodilla en tierra. Luego acompañó a su amor las embestidas en una tanda de seda, muy artista, anunciando así la hora de la catarsis. Julián cogió aquel galope hondo y lo cosió en su muleta, lo llevó luego lento y más lento, lo soltó con su muñeca por abajo, detrás de la cadera, y volvió a recogerlo, a templarlo, a mandarlo, a soltarlo, a traerlo, a llevarlo, a imantarlo en ese pulso suyo de locura… Y mientras más dolía el castigo más quería el toro, y mientras más despacio, más crujía la Maestranza rendida al coloso, subyugada al dueño absoluto del Templo… Un doble circular que murió en cambio de mano la puso blanca de pañuelos, y los ayudados por alto, última caricia antes del perdón, abrocharon la obra cumbre del rey del toreo. La cátedra constató que “Orgullito” era un toro de vacas y Justo Hernández, llorando, acompañó a Julián en una vuelta al ruedo de clamor. Las lágrimas no le dejaron ver la pasión del Baratillo.

El Juli ya había cuajado a su primero, grande y brocho, también magnífico, y al que ralentizó con su tauromaquia de poder y mando, implacable por su perfección técnica, admirable por su maestría, de una superioridad demoledora. Le había cortado las orejas, pero su raza de irrepetible figura de la tauromaquia le impedía mirar hacia detrás.

Todo lo demás fue anecdótico: si El Juli toreó a sus toros, Ponce toreó al público y Talavante, ni a los unos, ni a los otros. Sevilla, desde el principio, estaba en manos del maestro. Y al caer la tarde, se había rendido a sus pies.

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