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LORCA Y LA MEMORIA HISTÓRICA DEL TOREO

Por Ana Pedrero

Mientras el mundo celebraba el pasado 5 de junio el nacimiento de Federico García Lorca, el desaparecido más llorado, el poeta más amado, la Junta de Andalucía anunciaba una nueva prospección para localizar el lugar donde reposan sus restos, la más famosa fosa común, el vestigio más visible de la España negra de la guerra y de la represión, el escondrijo de los venerados huesos de quien cantó a la libertad como nadie.

A Federico le dieron pasaporte junto a dos banderilleros anarquistas y un maestro de escuela, como si un capricho del destino hubiese decidido unir para siempre a quien ha sido maestro para el mundo y a quien sintió el toreo en las venas y en las yemas de los dedos, en la pluma y en el alma. A Dióscoro Galindo González, maestro de Pulianas (Granada), lo fusilaron los fascistas granadinos al comienzo de la Guerra Civil por defender la escuela popular y laica. Junto al maestro y el poeta eterno hubo dos paseados más aquel día; eran los anarquistas y afamados banderilleros Francisco Galadí Melgar y Joaquín Arcollas Cabezas, muy conocidos sobre todo en el mundo taurino de Granada.

Los dos sindicalistas eran de los llamados “hombres de acción” de la CNT-FAI que se entregaron en cuerpo y alma, con la misma pasión que lo hacían en el ruedo, a defender los derechos de los trabajadores frente a una patronal despótica y prepotente y se unieron a la resistencia en el Albaicín para hacer frente a los militares golpistas. Las vidas de aquellos cuatro hombres quedaron cruzadas para siempre en el camino de Víznar a Alfacar, en Granada, el 18 de agosto de 1936. Después, el silencio, el fratricidio, la barbarie, el olvido. Y frente a todo, siempre en pie, la poesía, la magia de Lorca  creciendo, reivindicándose desde el polvo de una cuneta. El más querido, el más llorado, el más buscado, el más añorado, nuestro poeta en Nueva York floreciendo en una tierra yerma, abriendo las ventanas de una España hermética como la casa de Bernarda Alba.

Federico amaba el toreo, amaba la vida. Ahora, muchos de los nuevos progres animalistas y radicales que lo reivindican como símbolo de la libertad, lo llamarían sin sonrojo “asesino”, “hijo de puta” o “cromañón” solo por ser taurino. Solo por eso, como se lo llamarían a Miguel Hernández, como a tantos intelectuales, como nos insultan sin el más mínimo respeto en una sociedad que cada vez entiende menos de libertad y de tolerancia. Progres que, cacerola en mano, han sido capaces de tumbar una Cátedra de Estudios en Tauromaquia en la Universidad de Salamanca, aplastando a la vez la libertad de Cátedra que defendió con uñas y dientes Unamuno. El mismo fascismo con distintos collares tirando de las consignas animalistas que dictó Hitler al mundo en forma de leyes, el enemigo declarado de la Tauromaquia, a quien le importaba más la vida de su perra que la de la humanidad entera.

El Régimen de Franco le robó la Tauromaquia al pueblo utilizándola como tantas cosas, como tantos símbolos. Y la izquierda radical del siglo XXI nos la sigue robando sobre tópicos y complejos dictados por quienes se supone son sus mayores enemigos ideológicos. Nunca fue de la derecha, ni de la izquierda, solo de sol y de sombra. Por eso los toreros siempre hacen el brindis al sol bajo una plaza redonda, sin aristas, y un cielo raso y descubierto, que no pesa, que a veces pueden tocar con las manos.

El Régimen de Franco le robó la Tauromaquia al pueblo y también la memoria. Borró a los ganaderos y a los toreros que se atrevían a opinar en alto. No necesitamos otros símbolos que los propios, ni recordar a los republicanos en el exilio, a Lluís Companys y al Che y a Indalecio Prieto, a Negrín, al general Miaja o Melchor Prieto. Nombres, historia que solo se utiliza de forma parcial renunciando a algo que compartieron y amaron más allá de sus ideas: el Arte del Toreo.

Lorca lo dijo: “Yo creo que ser de Granada me inclina a la comprensión simpática de los perseguidos”. Y en esa lista daba los perfiles: el negro, el gitano, el judío, el morisco que todos llevamos dentro. Quizá no sabía que en pleno siglo XXI también los taurinos seríamos los perseguidos en una sociedad que no entiende ya de dioses ni de héroes.

En una fosa yacen los cadáveres de cuatro hombres: un poeta, un maestro, dos banderilleros, y un pedazo de muleta, como cuenta la leyenda, a la espera de ser descubiertos. Ahí, entre sus huesos enamorados de la libertad, también permanece enterrada la memoria histórica del toreo.

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