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MAESTRO DE TOREROS

(OBITUARIO)

Por Ana Pedrero / Foto: Arturo Delgado

Salamanca se iba ayer a la cama con la triste noticia de la muerte de Juan José. Las puertas de la gloria se abrían de madrugada este miércoles para recibir a un torero. Sólo eso. Todo eso. Un torero. Así, Juan José, sin apellidos. El maestro.

Maestro de toreros en el ruedo y maestro de vida en la vida, Juan José se iba anoche demasiado pronto, demasiado deprisa. Un tabacazo inesperado se lo ha llevado de forma fulminante en apenas unos meses, dejando tras de sí una estela de triunfos, sueños y magisterio, con más de treinta años dedicados en cuerpo y alma a la Escuela Taurina de Salamanca. Allí, junto al Tormes y la piedra dorada, dejó su sello sobrio y clásico, el sello del toreo castellano, santo y seña de esta tierra de encinas y bravos que mira a Portugal en la cercanía.

Sello contenido y sin concesiones que prendió en toreros como José Ignacio Sánchez, Leandro, López Chaves, Andrés Sánchez, Javier Castaño, Eduardo Gallo, José Ramón Martín, Javier Valverde, Julián Guerra, Juan Diego, Juan del Álamo y todos los niños y jóvenes que han soñado con ser alguien en el mundo del toro. Todos discípulos del maestro, todos hoy un poco huérfanos de su primer y principal referente para caminar rectos por el escarpado mundo del toro, con tantos recodos, con tantas espinas.

Nacido en 1952 en La Fuente de San Esteban, el pueblo más torero de los pueblos de Salamanca, donde compartió pupitre y aula con Julio Robles, Juan José regresa hoy a esa tierra que tanto amaba, a su cuna, a su sábana para siempre, a sus vecinos, a su gente. A su raíz sabia y profunda, tanto corazón.

Para siempre nos queda su magisterio, su sabiduría, su presencia solemne, sus silencios y su palabra. El poso de aquel torero que apuntaba a lo más alto que tuvo que renunciar al sueño a causa de un accidente cuando regresaba de Pamplona. Aquel accidente que le dejó eternamente parapetado tras unas gafas de sol. Unas gafas oscuras con tanta luz. Con ellas, a través de ellas, Juan José supo ver mucho más allá. Veía, tocaba el alma de todos los que querían ser toreros, conocía su madera, sus mimbres y los moldeaba desde la nada para crecer en la arena y en el gran ruedo de la vida, el más importante.

A lo largo de tres décadas, Juan José ha formado a centenares de niños como toreros, pero sobre todo como hombres de bien, sobrios, sin artificios, de una pieza, sin darse esa coba de la que abusan tanto profesionales y taurinos de nuevo cuño que no saben que la grandeza reside en la humildad, que la verdad no admite postureos. Su sabiduría se hundía, brotaba de la tierra. Y era mágico escucharle hablar y tirar de memoria, repasar esos cincuenta años por y para el toro, por y para el sueño, que recogieron ovaciones de gala en el Teatro Liceo y en el Casino de Salamanca, a corazón descubierto. Qué privilegiados hemos sido quienes pudimos disfrutarlo de tú a tú.

Hombres, toreros, sencillos y grandes, como su propio corazón de latido fuerte; como aquellos ojos apagados que tocaban la luz de las almas, tan posados hasta el último día en Alejandro Marcos, sangre y paisanaje, tan puro, al que apoderaba y con el que ha otorgado a Salamanca una nueva ilusión. Su última lección.

Qué triste es despedir al maestro. Qué solas se quedan hoy las encinas, Juanjo. Gracias por moldear con los ojos del alma el corazón bravo de tantos toreros y de los que se quedaron en el camino, pero latieron en tus muñecas. Que tu tierra querida de La Fuente te abrace en tu descanso, eterno maestro de toreros. Eterno maestro de vida.

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