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MANOLETE Y SILVERIO: 75 ANIVERSARIO DE UNA TARDE MEMORABLE

(HISTORIA)

Por Horacio Reiba, Àlcalino’

A finales de 1945, el panorama de la Fiesta en México era el siguiente: una baraja de figuras cuya diversidad, personalidad y clase no tenía precedentes ni ha vuelto a encontrar sucesión, el antecedente inmediato de una primera temporada visitada por la nueva ola hispana –luego de ocho años sin intercambio taurino entre ambos países a raíz del boicot de 1936– en que la torería local barrió sin contemplaciones con una representación ibera corta de alcances y de ánimo, y una expectación inmensa por conocer al fin al verdadero mandón de la baraja española, un enjuto cordobés, Manuel Rodríguez “Manolete”, del que se contaban maravillas capaces de agotar la fantasía más delirante. Pocos notaron la ausencia en el derecho de apartado de Carlos Arruza, pareja del Monstruo en los propios cosos ibéricos donde el Ciclón Mexicano cerró el año con 108 corridas, que añadidas a cuatro más en nuestro país sumaron un total de 112.

Manuel Rodríguez Sánchez había nacido en Córdoba (04/07/1917) y era hijo del modesto matador del mismo nombre y procedencia y de doña Angustias Sánchez, viuda a su vez de otro torero, Lagartijo Chico, de escasa nombradía. Un antecedente curioso tenía al lado de Silverio Pérez, su padrino de confirmación en El Toreo: la novillada de principiantes en la que alternaron en Tetuán las Victorias (01/05/1935), donde la poca prensa presente vio en Silverio a un chico valentón y descalificó a Manolete por codillero y soso, aun ponderada la derechura con que se tiraba a matar. No se sabe cómo reaccionarían tales críticos cuando, a partir de su alternativa (Sevilla, 02/07/39), se convirtió en el torero que redimiría a España del marasmo y privaciones de la posguerra, provocando una conmoción no vista desde la llamada Edad de Oro, con Joselito, Belmonte y Rodolfo Gaona.

La corrida. Antonio Algara, el empresario de El Toreo, no mostró prisa para echar mano de su carta fuerte, y la presentación de Manolete no llegó hasta la sexta de la temporada. Antes, el cordobés estuvo en Torrecilla, la ganadería zacatecana de la que procedía el encierro que despacharían, con el debutante cordobés, Silverio Pérez y Eduardo Solórzano.  El llenazo se daba por descontado, largas colas de aficionados habían hecho guardia nocturna en torno a las taquillas y el papel se agotó días antes del festejo. Al sonar el clarín de aquel 9 de diciembre de 1945, no cabía nadie más en la plaza y se palpaba una tensa ansiedad en el ambiente. Manolete vestía de celeste y oro; Silverio, de rosa y oro; y Eduardo, un terno verde oscuro recamado del amarillo y reluciente metal. Las ovaciones los llamaron al tercio a saludar, primero Manolete y, a invitación de éste, sus alternantes mexicanos.

Se abrió el toril y apareció ‘Gitano’, un cárdeno oscuro muy fino y nada aparatoso.

Relato del Tío Carlos.   “Manolete –enjuto, erguido, tipo de torero de la cabeza a los pies– lanceó en varios terrenos pasándose cerca al bicho en los del lado izquierdo. Cerró con media imperiosa y precisa. Y en quites hubo de dedicarse a la brega en vista de lo abanto del de Torrecilla. Parearon el español David y el mexicano Aguilar, y en el tercio se realizó la esperada confirmación de alternativa del hispano a manos de Silverio. Manolete pidió la venia de la autoridad y fue a brindar al público. Ordenó que le pusieran al toro en sombra, en el tercio de contraporra…

Citó para el ayudado por alto… Y cuajó el pase sin mover ni una pestaña, repitiéndolo por el lado izquierdo. Intentó el natural, pero inmediatamente se cambió la muleta a la derecha para arrancar dos derechazos a la mínima distancia y agregar dos altos. Y entonces puso su firma, un pase formidable por el mando y la cercanía de los pitones. Y cerró la serie con dos molinetes. Había llegado a la propia querencia natural del toro. En ese terreno, Manolete trazó tres derechazos, se echó la muleta a la izquierda y…  aquellos cuatro naturales fueron un prodigio. Largos, mandones, suavísimos, toreando a la perfección en todo el tramo del pase, haciendo al animal revolver sobre la muleta para trazar el siguiente arco: fueron como un solo natural. Manolete liga con la izquierda como Silverio con la derecha.

El toro arrancó de pronto y Manolete, torero en todo momento… se lo llevó jugueteando hasta los medios en abaniqueo medido, pausado, preciso. Lo que en otros es un subterfugio de mala ley para eludir la faena, en Manolete fue recurso de gran torero para resolver un instante comprometido. Momentos antes, con el toro en tablas, le había arrancado dos pases de los suyos (manoletinas) a distancia espeluznante, y se había sacado dos embestidas descompuestas con un par de molinetes –uno de ellos por detrás—verdaderamente de maestro.

Con el toro afuera ya, Manolete cambió el estoque (esto se veía en México por primera vez), citó a corta distancia, dobló la pierna izquierda y se dejó ir sobre el morrillo para media estocada que mató sin remedio. Aquello fue el delirio, Manolete cortó las orejas y el rabo de ‘Gitano’, dio la vuelta al ruedo entre sombreros y prendas de vestir—que habían inundado el ruedo desde los naturales—y saludó en los medios.” (El Universal, 10 de diciembre de 1945)

Impresiones de Don Tancredo y de Roque Solares Tacubac. “Devoción litúrgica, solemnes ademanes rituales hay en el toreo de Manuel Rodríguez Sánchez “Manolete”. ¡Y qué hondura emotiva, realzada por solemnidad inconmovible, aguante prodigioso y elegancia señorial! Lidiador de asombro, artista cuya personalidad amerita los más encendidos y apasionados elogios, justificó plenamente la fama de que vino precedido. ¡Por algo está en la cumbre de la celebridad y es el califa actual de la tauromaquia española!… Jamás la presentación de torero alguno tuvo este ambiente de frenesí… cuando se abrieron las puertas del coso, a las 2 de la tarde, se precipitó la muchedumbre a los tendidos y en un instante llenó el graderío…” (La Fiesta, núm. 64. 12 de diciembre de 1945)

Don Tancredo (Roque Armando Sosa Ferreyro), era director-fundador del semanario La Fiesta, una de las mejores revistas taurinas editadas en México. En su crónica consideró que “la media verónica con que Manolete remató sus primeros lances fue prodigiosa, monumental..”, y confirmó asimismo que ligó cinco naturales estupendos “que hicieron alfombrarse el ruedo de abrigos y sombreros”. También invitó a “Roque Solares Tacubac” (anagrama del doctor Carlos Cuesta Baquero) a estampar su “Impresión manoletista”, como el ilustre galeno tituló un texto del cual cito algunos fragmentos: “Manolete es la resurrección casi integral del inolvidable Antonio Fuentes (aunque) no tiene relieve en las suertes de banderillear… mas por la suficiencia para estar en el ruedo, el cordobés nos hace ver de nuevo en la arena al inmortal diestro sevillano, con igual señorío natural, ajeno a toda afectación… en lo referente a la postura que adopta para practicar los lances de capa y los pases con la muleta, no es la enteramente clásica de frente (pero) la quietud de los pies, el ritmo del movimiento de brazos y el llevar al toro bien centrado, dan a su toreo belleza escultórica y majestad… (para) la suerte de estoquear… se coloca cerca y en rectitud al cuerno derecho del toro –ayer, en el único que estoqueó no estuvo cruzado; su colocación fue enhilado y presentando el pecho. Hizo el viaje con rectitud y sin excesiva rapidez… conforme a la manera clásica… (como) ya dije, analicé la actuación de Manolete empleando mi lupa de investigación taurina limpia y exento de prejuicios.”

“Espontáneamente agrego algo para ovacionar a Silverio. Estuvo en plan de hondo dramatismo y excelente torerismo. Tuvo la rareza de emplear la mano izquierda para torear por naturales… En los derechazos, su especialidad, estuvo incomparable: se superó a sí mismo. Eduardo Solórzano: torerísimo en la faena de muleta al tercer toro y discreto con el quinto y el sexto” (La Fiesta, ídem).

Silverio con ‘Cantaclaro’. Como Solares Tacubac señala, Manolete sólo estoqueó un toro, pues su segundo, ‘Cachorro’, lo hirió cuando, aguantando mucho una embestida vencida, le marcaba la salida en el primer lance de capa: cornada grave de dos trayectorias en el muslo derecho. Y el menor de los Solórzano, en la penúltima tarde de su vida torera, dio merecida vuelta al ruedo tras estoquear a ‘Llanero’, su primero. Pero el otro gran suceso del día lo protagonizó Silverio Pérez que, dispuesto a vencer o morir, bordó antológico faenón con el cuarto de la tarde, ‘Cantaclaro’, cárdeno claro, antes de marcharse, también él, a la enfermería, con un puntazo infligido por su primero, que de ‘Exquisito’ no tenía nada.

El Tío Carlos lo relató así: “Es difícil de narrar… Silverio brindó a dos particulares y allá se fue, al tercio. Juntó los pies, se quedó muy quieto y ejecutó un ayudado por alto. Y uno de pecho maravillosamente iniciado en el que por desgracia perdió el trapo… Reanudó la cosa con un doblón y original adorno. Y echándose la muleta a la izquierda, comenzó a torear por naturales. Fueron tres muy buenos, pero lo mejor del conjunto fue el pase de pecho… Siguió con un costadillo  saboreado y tres derechazos metido en el terreno del toro, citando a mínima distancia, más uno de costado aguantando la gazapeada. Más derechazos, y tres pases de trinchera que fueron como uno solo, girando en el sentido del viaje del toro con una suavidad, una lentitud y un temple de sueño. El cambio de muleta de una mano a la otra con que en la cara misma del socio cerró este capítulo fue de una belleza inenarrable. Continuó adornándose con medios pases y por la cara. Y consiguió la igualada con un cambio en los propios hocicos. Y con mucha mayor rectitud de la acostumbrada tumbó a ‘Cantaclaro’ de una estocada algo caída. Orejas, rabo, dos vueltas al ruedo. Ovación inacabable, indescriptible. Una de las más grandes ovaciones escuchadas en El Toreo. ¡Vaya un monstruo tenemos acá! ¡Vaya un monstruo que tienen allá!” (El Universal, ídem)

Dicho por Manolete. Cuando, postrado aún en el sanatorio, alguien preguntó a Manolete sobre su cornada, el Monstruo contestó: “No fue el toro, fue Silverio.

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