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MENOS MAL QUE NO HAY TOROS…

(OPINIÓN)

Por Paco Aguado

Todos esos chavales que, tan alegre e impunemente, hemos visto estos días jugando a la revolución por las calles de Barcelona no han ido nunca a los toros. A la escola sí, afortunadamente. Los buenos de sus políticos, tan responsables, ya se preocuparon de que no pudieran asistir a un espectáculo españolista y sangriento que interfería con su violencia intrínseca en su preparación como ciudadanos y catalanes de bien.

No hay más que verlos por las calles. Imbuidos de catalanismo desde el jardín de infancia, miles de quinceañeros, cara al sol y con la camisa nueva, se suman a las manifestaciones pro independentistas con ese renovado espíritu pacífico y solidario que, entre otros pilares, se asienta en el hecho de no haber presenciado nunca una de esas barbaries que les gustan a los paletos españoles.

Desde que no hay corridas en Barcelona, precisamente, es cuando más se ha notado en los Paisos Catalans esa modélica mejora en el comportamiento de la ciudadanía, mucho más tolerante e inclusiva. Y sobre todo en unos jóvenes que muestran al mundo la cara más generosa de una educación que les diferencia y les distancia de los atrasados compañeros de generación del resto del Estado, que aún tienen la desgracia de poder asistir a la misa negra de la tauromaquia.

Ya no tienen toros y se les nota, sí. Porque sus representantes en el Parlament, y en unas instituciones que son paradigma de democracia y de respeto a la ley, supieron pensar por ellos y por sus padres cuando prohibieron de una vez ese espectáculo que lastraba la imparable evolución de la próspera, culta y universalista –pero a la vez reprimida y pisoteada– Cataluña hacía la paradisíaca independencia.

Qué gran ejemplo para el mundo, qué intachable comportamiento el de sus jóvenes y el de sus políticos a la hora de protestar por un trato tan aberrante e injusto. De hecho, los violentos son los otros, los policías nacionales y los guardias civiles que llegan desde esos sitios apestados del estado español donde aún se dan corridas de toros. Seguro que por eso se emplean con una desmedida violencia contra la  juventud que demuestra su gran cultura en unas protestas casi hippies, de paz y amor.

Probablemente, muchos de esos bárbaros y sanguinarios policías, esos esbirros que golpean sin piedad a los inocentes manifestantes en sus idílicas protestas, se hayan entrenado antes acuchillando unas cuantas manadas de franciscanas vaquillas. Puede que sea así como las fuerzas represoras les ayuden a sacar a flote toda la brutalidad con la que están reprimiendo a una juventud ilusionada que ya no quiere que la España dictatorial y taurina les siga robando su futuro y el dinero de sus padres, ese que solo sirve para pagar la molicie de los vagos del sur y subvencionar la tauromaquia. Y también a ese Rey inepto que se lleva la pasta, al revés que sus honrados “honorables”.

Menos mal que hace ya unos años que no hay toros en Cataluña porque, si no, las calles de Barcelona se hubieran convertido estos días en un campo de batalla en manos de una violenta guerrilla urbana de jóvenes que, imbuidos de la crueldad taurina, habrían desvirtuado el verdadero fondo del independentismo catalanista, tan solidario, tan abierto, tan pacífico, tan dialogante, tan progresista, tan universal… Y menos mal que también nos queda la ironía.

 

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