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UN HÉROE SIN POETAS

Por Álvaro Acevedo / Foto: Andrew Moore

Cada torero lleva la mochila de su historia a cuestas. La de David de Miranda, un héroe sin poetas, se escribió bajo la amenaza de la tetraplejia desde aquel día en que un toro de mala casta lo partió por medio. Los médicos dijeron que no, pero él dijo que sí. Un año después, olvidada la silla de ruedas y las sesiones de rehabilitación, reapareció en Huelva y los lugareños lo sacaron a hombros. No le vi llorar.

Han pasado nueve meses de la consumación de aquella gesta que no salió en los informativos, y en la previa de la tarde nadie hablaba de este hombre de pueblo. Sí lo hacían de ese valiente que además es un gran torero, Paco Ureña, que luego se entregó al cariño de la plaza dedicándole ese muletazo suyo enroscado y bello, muy puro, a veces estremecedor, falto de luces pero sobrado de pasión. Cortó una oreja, perdió otra con la espada, y anunció al mundo que la tragedia de Albacete no ha sido capaz de derribarlo.

Hablaban también de El Juli, que regresaba para salvar el abono y con todas las papeletas para que le partieran la cara, después de negarse a entrar en el bombo y ocupar, tras las súplicas de la Empresa, el lugar del lesionado Ponce en los carteles. Luego se cumplió el pronóstico y sucedió lo esperado, que el maestro asumió el papel que a veces asumen las grandes figuras del toreo en Madrid, acaparadoras de las iras que, contra alguien, ha de descargar la muchedumbre.

De David de Miranda, en cambio, nadie hablaba al entrar en Las Ventas, pero todos lo aclamaban al salir por la Puerta Grande porque así es el toreo, que te cambia la vida en diez minutos. Exactamente, los que dedicó el valiente de Trigueros en pasarse a milímetros de la faja al sexto de la tarde, grande, mal hecho, pero bravísimo e incansable, con el hierro de Juan Pedro Domecq.

Lo esperó a cara o cruz en los medios y lo cambió por la espalda tres veces sin encoger el culo. Su cara, renegrida y ajada del sol del campo, parecía no inquietarse, y con esa pasmosa serenidad, impávido como una roca y haciendo honor a los toreros de su tierra, siempre con bien ganada fama de bragados (Litri, Chamaco, Terrones…), giró sobre sus talones y ligó series de muletazos hasta poner la Cátedra a revienta calderas. Y lo hizo porque, desafiando al viento en el centro del platillo, se arrimó con una quietud angustiosa, con una ambición indomable y con una sencillez verdaderamente deslumbrante, sin perder la sonrisa, sin alharacas, fruto de un valor tan salvaje como desnudo. Un valor tan auténtico que Madrid lo sacó, en clamor, por la Puerta Grande.

 

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