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PEDRO IGLESIAS Y PABLO SÁNCHEZ

(OPINIÓN)

Por Álvaro Acevedo

La izquierda radical –hoy, disfrazada de un supuesto progresismo que solo habita en sus meninges– dibuja un escenario de colectivos oprimidos que ella, precisamente ella, ha de rescatar de la tiranía capitalista, xenófoba, fascista, homófoba y demás lacras de la humanidad. Y así, dispuestos a salvar el mundo, se auto otorgan la representación y defensa de los más variados grupos sociales, pues mientras más votos, mejor: obreros, negros, homosexuales, mujeres…

Aunque la realidad dice justo lo contrario, o sea, que es la humanidad la que tiene que protegerse del comunismo, el régimen que más personas de toda condición ha aniquilado a lo largo de la historia, ellos se lo han creído. Su epopeya es tan descomunal, tan estremecedora, de tal altura de miras, que cualquier medio es legítimo para estos adalides de la justicia social. ¿Qué suponen 40.000 muertos en comparación con todas las mujeres del mundo?  “¡Viva el 8 de marzo!”, eructó Pedro Sánchez para que pudieran oírle, quizá con la nariz tapada, los familiares de las decenas de miles de fallecidos por coronavirus en España.

El PSOE que yo conocí ha muerto, y a día de hoy el Gobierno de la nación lo capitaliza una collera de iluminados al parecer con serios problemas para discernir entre el bien del mal, y que van a anteponer su agenda populista a lo que haga falta, como ya han demostrado con creces. Dos personajes cada vez más parecidos entre sí, tanto que yo aseguraría que son la misma persona si no fuese porque se les ha visto juntos en alguna comparecencia pública. Por ejemplo, aquella en la que se dieron un abrazo que simbolizaba la suma de sus escaños para poder gobernar este país con el imprescindible apoyo de separatistas y proetarras. Por el bien de España, faltaría más.

Con Maquiavelo reducido a la categoría de botones al lado de estos dos farsantes, huelga decir que, si dieron por buenas aquellas masivas manifestaciones del 8 de marzo (y sus demoledores daños colaterales), en defensa, o eso dicen, de las mujeres, poco tardarán en cambiar la ley para que nadie pueda aducir delito en el estrangulamiento económico al que está siendo sometido el mundo del toro. El fin, o sea, justifica los medios. Uno de los muñecos de estos dos ventrílocuos y que ostenta la cartera de Cultura y Deportes ya ha dejado caer que “mientras la Tauromaquia esté en Cultura”, habrá que cumplir la ley, ergo, cuando no lo esté, no ha lugar a debate.

Debemos, por tanto, adelantarnos a la posible jugarreta de estos individuos cuya habilidad para cambiar las reglas del juego a su antojo es notoria. Es decir, nuestros derechos no han de basarse en una ley que puede estar hoy pero no mañana, sino en la realidad de un ecosistema, el ecosistema del toro, que tiene una relevancia de primer orden a nivel histórico, antropológico, cultural, social, turístico, económico, artístico y medioambiental en España. Lo reflejen o no unas leyes que, en cualquier caso, estos señores están incumpliendo con una desfachatez sonrojante. Unas leyes, por cierto, que bien deberíamos empezar a revisar para cuando el contexto sea más favorable.

Ello, al hilo de lo que me apuntaba una lectora, Isabel Gómez Oñoro,  acerca de la necesidad de solicitar a los poderes públicos que la Tauromaquia sea considerada Bien de Interés Cultural Etnográfico, en vez de Inmaterial, con arreglo al Titulo VI de la Ley de Patrimonio Histórico Español en sus artículos 46 y 47.  Dice el artículo 46 que «forman parte del Patrimonio Histórico Español los bienes muebles e inmuebles, y los conocimientos y actividades que son o han sido expresión relevante de la cultura tradicional del pueblo español en sus aspectos materiales, sociales o espirituales». Y el punto 3 del artículo 47 recalca que «se considera que tienen valor etnográfico y gozarán de protección administrativa aquellos conocimientos o actividades que procedan de modelos o técnicas tradicionales utilizadas por una determinada comunidad». Ello permitiría una protección más completa, efectiva y abarcadora del ecosistema del toro, incluyendo todas sus ramificaciones.

En cualquier caso, esa posibilidad deberá esperar a que concluya esta batalla en toda regla que libramos nada menos que contra el Gobierno de la nación. Los que tenemos enfrente son unos abanderados del animalismo y la demagogia (valga la redundancia) que nos dictan cómo hemos de hablar, de actuar y de pensar, que nos imponen los nuevos modos lingüísticos y que pretenden censurar todo lo que ellos, precisamente ellos, consideren inapropiado o «incómodo». O sea, la ideología como instrumento coercitivo, paso previo al estigma social y posterior purga del disidente. Se llama neofascismo.

Qué gran película haría Charles Chaplin inspirado en estos dos dictadorzuelos de cuyos nombres no quiero acordarme… ¿Pedro Iglesias? ¿Pablo Sánchez?

 

 

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