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SEVILLA ES COMO UNA MADRE

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Por Álvaro Acevedo / Foto: Arjona-Toromedia

El cariño con el que la Maestranza mima a los toreros alcanza ya tintes maternales. Le pasa más con las figuras, algo inaudito en otros tiempos, y por ejemplo hoy estuvo más severa con Pablo Aguado que con Talavante y por supuesto que con Ponce, cuya manera de encandilar al personal es, en efecto, magistral.
Este doble rasero aparece también en el modus operandi de la cada vez más sospechosa banda de música, que arrancó a tocar con el torero valenciano a las primeras de cambio, y que le aguantó el pasodoble a Talavante incluso tras un desarme. Al nuevo, en cambio, le costó Dios y ayuda que la banda se dignara a tocarle, algo que logró tras no pocos muletazos lentos y de exquisito gusto al toro que abrió plaza, en una labor impregnada de sentimiento, con las desigualdades lógicas del que empieza, pero con un sabor que no se ve todos los días; y después de imponerse al temperamento del sexto de la tarde en una labor trabajada, de mucha capacidad, en la que primero sometió al toro, y después lo toreó ligado y por abajo, con verdadera entrega. A Pablo Aguado le costó meter a la gente en sus faenas porque los pases se los pegó a los toros, no al público. Ojalá no aprenda nunca a hacer lo contrario, y esperemos que le coja pronto el sitio a la espada. Sus fallos al matar le privaron de un triunfo legítimo.

Algo parecido le pasó tras pinchar al quinto de la tarde a Enrique Ponce, un genio de la puesta en escena que, en esta ocasión, conmovió al gentío por los reiterados honores que le rindió a Manolo Quinta, un soberbio picador que se retiraba del toreo tras una vida entera al lado del maestro. Primero le hizo bajar del caballo tras picar al toro para fundirse con él en un abrazo; luego lo sacó al ruedo para brindarle su faena; y finalmente lo sacó del callejón para una vuelta al ruedo final que, por cierto, Enrique dio por su cuenta. Con las ganas de un novillero y las tablas de un veterano, se las ingenió para hacer pasar al toro alrededor de su compuesta figura gracias a una técnica de toques muy bruscos, justificada ante la falta de clase de su oponente. A la gente le encantó.

También gustó mucho el tercer toro de la tarde. Lógico: fue bravo, noble y alegre. A Talavante le obsequiaron con una oreja pedida sin clamor tras media estocada yo diría que más cerca de la penca del rabo que del hoyo de las agujas. Había toreando bien el extremeño, ligado y elegante, a veces con ajuste, suelto de muñecas y muy fácil, pero a la faena le faltó la pasión de los toreros rebeldes. Y es que hoy, en manos de la casa empresarial más poderosa del toreo, Alejandro es cualquier cosa menos un rebelde. Por fortuna es tan buen torero que cuando le dé la gana nos callará la boca. Hoy puede ser el día…

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