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SEVILLA HA PARIDO UN TORERO

Por Álvaro Acevedo / Foto: Arjona-Toromedia

Disculpen la espera, pero Sevilla ha parido un torero que se llama Pablo Aguado, y yo he estado en el bautizo. De padrino fue Morante, con sus lances gitanos y sus cosas de genio; y de invitado de honor, el valiente Roca Rey, que no se halló en el vestido desde que por el templo apareció el niño, un niño en brazos del arte de torear.

Anunció el suceso con un quite por Chicuelo, y tembló la Maestranza desde el primero hasta el último de sus muletazos en la ya histórica faena a “Cafetero”, de Jandilla, un toro acariciado antes de muerto. Se dobló con él levemente, para embeberlo sin hacer daño, y se dejó ir en un cambio de mano luminoso que anunció el delirio. Y fue entonces cuando apareció, como una revelación, aquella obra de arte, aquella hermosura de tauromaquia, tan nueva, pero en realidad tan antigua, quizá eterna, lenta y mágica, clásica y misteriosa, de compás, caricia y cante. Como un sueño de muñecas muertas.

Sevilla estaba loca con el niño y no era pasión de madre. Todo fue suave como el terciopelo, muy despacio, con el brazo suelto y los codos recogidos. Fue así, con la cintura y el alma, en aquel toreo en redondo, tan natural y a la vez tan profundo; en sus naturales desparramados como un perfume; y en el ángel de sus cositas, que son las cosas de Sevilla: el cambio de mano, el del desprecio, el apunte de kikirikí, y aquel recorte de trinchera clavado ya en el corazón de la Maestranza. Porque olió a Romero, compadre.

Luego al sexto, un gran toro, le bamboleó un capote viejo y ya Sevilla quiso morirse, porque algo así, con esa hondura, le había visto a Antonio Ordóñez en unos lances de capa. Quitó de nuevo por verónicas con la plaza entregada, galleó Morante a la antigua usanza, replicó el niño envalentonado y sonaron los clarines para el tercio de muerte. Y otra vez, pero ahora como a borbotones, fueron brotando aquellas maneras tan puras, aquel temple tan dormido, aquella tauromaquia tan bella y tan de verdad. Mientras le gritaban torero, torero, se llevaron a hombros por la Puerta del Príncipe al príncipe del toreo. Algunos no pudimos verlo: para esas horas ya estábamos llorando.

 

 

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