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SI NO DAN, QUE NO PIDAN

Por Paco Aguado

Andan los taurinos echándose el pulso invernal de todos los años. Ya saben: las victorias o las derrotas de despacho en estos primeros contactos marcarán las contrataciones del resto de la temporada. Si cedes, estás perdido. Si tragas con lo poco que te den, por eso de no dejar de aparecer en las primeras ferias, el oligopolio te hará el teléfono el resto del año. Pero si ganas, si sabes defender lo que es tuyo ante las presiones, te respetarán y sabrán a qué atenerse contigo… hasta que se te vaya un pie.

Hablamos, aunque sean pocos, de los toreros más o menos independientes, claro. No de los consagrados que, en un escalafón sin apenas refresco, siguen haciendo valer, abusivamente incluso, su sello de marca consolidado y estirado durante más de dos décadas. Ni tampoco de los “empleados” de las grandes casas, los que alimentan a los comisionistas, que nunca van a poner reparo alguno a lo que les quieran dar.

Con las escenas de queja bien ensayadas de tanto repetirlas, los empresarios fuertes están ahora en el empeño obsesivo de rebajar en todo lo posible los honorarios de los toreros, y de las ganaderías, que aún no controlan -cada vez menos, la verdad-, contando con que hace ya tiempo se resignaron a someterse impotentes ante las tres o cuatro figuras que todos creen inevitables en las combinaciones de las ferias.

Es decir, que su único criterio para abaratar los costes de un espectáculo de economía precaria es el de reducir a la mínima expresión los estímulos profesionales de los protagonistas. Evidentemente, es la salida más fácil, la  más cómoda, la que tienen más a mano. Pero también se trata de la más peligrosa y dañina para el futuro, pues un escalafón sin alicientes, y unas ganancias dignas lo son en grado sumo, es un colectivo desmotivado que, como consecuencia, acabará por no atraer gente a los tendidos. Una especie de pescadilla que se muerde la cola.

Así es el conglomerado empresarial que ahora mismo rige los destinos mayores de la fiesta de los toros en España: un grupo de herederos de grandes imperios o de veteranos del negocio con muy escasa imaginación y poco dispuestos a trabajar en serio a favor de un espectáculo en el que hace tiempo que no creen. Y que por eso han estado más pendientes de sacar tajada de la fortuna de personajes ajenos con afán de protagonismo, aún entregándose a sus veleidades, que de encontrar nuevas fórmulas de financiación y equilibrio de un espectáculo al que le deben todo.

Pero más que del pasado o del presente empresarial del toreo, hablemos mejor de su futuro, de ese que, de tanta desidia acumulada, ven tan negro los actuales “pilotos de la nave”, hasta ahora incapaces de mirar más allá del pequeño redil del sector para buscar soluciones a largo plazo.

Y una de ellas, quizá la más urgente, es la de establecer un serio diálogo con la Administración, de poner sobre la mesa de los políticos, sin esconder ni una, todas las cartas acerca de la verdadera situación de la actividad taurina, de la que, como ya adelantó hace tres años el economista Juan Medina en un elocuente informe, el Estado obtiene pingües beneficios en materia fiscal y a través de efectos indirectos.

Ha quedado más que demostrado que ese otro informe redactado anteriormente, el que manipuló el tendencioso señor Bosch para alimentar al antitaurinismo y a la vez incidir en el mantra independentista de que “España nos roba”, era absolutamente falso. Los Presupuesto Generales del Estado hablan claramente en ese sentido, con esas apenas dos partidas, auténticas limosnas, que Cultura destina al toreo: ni el Estado, ni el Gobierno, nos dan más allá de esos tristes 65.000 euros, en un agravio comparativo brutal frente a otras actividades culturales.

Pero pensemos que tal agravio puede ser hasta positivo, pues confirmaría que el toreo funciona por sí solo sin tener que agradecer ni depender de ningún tipo de ayuda económica oficial. Sería un síntoma, aunque algo engañoso, de su buena salud, al revés de lo que sucede, por ejemplo, con el cine español.

En todo caso, y precisamente por ese orgullo de no recibir ni un solo euro de más ni de menos –el gasto en festejos de los ayuntamientos queda más que compensado con el arrendamiento de las grandes plazas de propiedad pública-, lo mejor de esa injusta situación es que el sector taurino está más que avalado para, al menos, solicitar de la Administración un mejor trato fiscal. Ya que no dan, que al menos no nos pidan.

Y por ahí, más que por reducir los sueldos o quitar un banderillero o un picador por cuadrilla como pretenden las empresas en su absurda comodidad, habría que encauzar una reivindicación colectiva que solventara el problema más urgente, la amenaza más acuciante de futuro, con la que cuenta la tauromaquia: la demoledora caída del número de novilladas.

Con los actuales costes de producción, las novilladas con picadores están condenadas prácticamente a desaparecer en las plazas de propiedad privada, allí donde no lo exija el canon o donde no haya un ayuntamiento que asuma la organización y las posibles pérdidas.

Así sucede que, año tras año desde el estallido de la burbuja, su número se ha ido reduciendo hasta llegar a esta situación insostenible, la que, por desidia y falta de trabajo de quienes deberían pensar más y mejor en el futuro de su negocio, lleva inevitablemente a frenar o cortar de raíz las nuevas vocaciones taurinas. Y a convertir el escalafón de matadores en una larga lista de señores en edad madura sin posibilidad alguna de renovación. Hasta que se jubilen…

 

 

 

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