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SILENCIO, QUE HA MUERTO LA BISUTERÍA

Por Álvaro Acevedo / Foto: Teseo Comunicación

Hay que ser muy buen torero para ponerse de moda hoy en día sin pegar un pase por la espalda. Llegó a Madrid el aguadismo y lo destrozó todo a golpe de caricias. Eclipsó a Ginés Marín, tan dispuesto, tan de verdad y tan puro, y matando tan bien al primer toro, y cortando esa oreja tan bien cortada. Pero lo eclipsó.

Y trituró con un lance a Luis David, que toreó fácil de capote, quitó con vistosidad, comenzó la faena de rodillas, ligó tres magníficas tandas de naturales y mató de estoconazo recibiendo a un toro de bandera. Pero el lance de Aguado lo machacó, pues los aficionados comenzaron a imaginar ese toro en manos del niño de Sevilla, y ya no hubo forma de quitarles el cabreo. No le protestaban ni los desajustes, ni que se cruzara, ni la colocación. En el fondo, lo que pedían era justicia divina, esa embestida de ensueño en manos del nuevo mesías. Dios, no obstante, lo hizo bien, porque si ese cuatreño de Montalvo le toca a Pablo Aguado hay que suspender el evento.

Dios también puso la mano sobre Pablo Aguado. Al nacer, desde luego, pero además cuando el sobrero descomunal de Algarra corrido en tercer turno lo cogió con el capote y después con la muleta, esta vez para matarlo. Apuntó Pablo su toreo de dormidera, de concepto excelso y de conocimientos aún muy básicos. Así, entre la inocencia y el deleite, discurrió una faena que saltó de la belleza al susto cada dos pases. La espada, calamitosa toda la tarde, enfrió los ánimos de la muchedumbre, que respiró cuando Aguado regresó de la enfermería sin el compás perdido.

Fue entonces cuando salió el sexto y se hizo la luz. Anochecía, pero esas dobladas recogiendo al toro como a un niño iluminaron el ruedo, y el cambio de mano, con vueltecita a la muleta para ligar con el de pecho, lentísimo, embrujó al tendido. Crecido pero humilde, engallado pero natural, citó al toro como el que no quiere que se venga, y la dulzura de su muleta hilvanó redondos de paladeo acompasados con la cintura, y después naturales de locura, con los hombros caídos, los brazos muertos y sus muñecas antiguas. Apuntó el kikirikí, según Sevilla, y le dijeron a voces que olía a torero. Madrid, cuando aquel grito de esperanza, permanecía en silencio, absorta ante la revelación de dos milagros. El nacimiento del aguadismo. La muerte de la bisutería.

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