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SIN UNIÓN, ESTAMOS MUERTOS (SEGUNDO AVISO)

(OPINIÓN)

Por Álvaro Acevedo. Foto: Fran Jiménez

Hace unas semanas, bajo el título “SIN UNIÓN, ESTAMOS MUERTOS”, publicábamos un artículo cuya inutilidad ha sido obvia, y ahora lanzamos el segundo aviso a sabiendas, de antemano, de que si el sector no se limpia el trasero con el mismo es porque un IPhone o una Tablet no están para estos menesteres.

Contemplarse el ombligo genera variados daños colaterales, siendo el más peligroso no la tortícolis, sino la incapacidad para ver la realidad. He asistido estupefacto a los últimos despropósitos que se han producido en el mundo del toro, de los cuales y por fortuna, algunos no se han hecho públicos. Y no seré yo quien los desvele, pues más allá del morbo que generan estos cotilleos de peluquería, ningún beneficio relevante supondría para la Tauromaquia, que ahora mismo es en lo que hay que pensar.

Porque entre rencillas internas, bravatas, gestos a la galería, indiscreciones, ejercicios de demagogia barata y demás sainetes, algunos parecen haberse olvidado de lo sustancial: quién es el verdadero enemigo y hasta qué punto es capaz de abusar del poder coyuntural que posee para acabar con nosotros. Es decir, que pasamos por el momento más crítico de toda la historia de la Fiesta, y que ni ante semejante escenario la añorada unión del ecosistema taurino (término sabiamente acuñado por mi amigo Esteban Ferrón) ha durado más de cinco minutos.

A propósito de todo ello, quisiera detenerme en dos asuntos que ejemplifican hasta qué punto esto tiene mal cariz. La Fundación del Toro de Lidia (FTL) es el primer lobby profesional que ha tenido la Fiesta en toda su historia, entre otras cosas porque las casas empresariales que controlan desde hace décadas el negocio con un poder cuasi omnímodo, se han preocupado siempre del presente, pero pocas veces del futuro. Dicho de otro modo, estaban más pendientes de llevárselo calentito que de otra cosa. Con sus errores y sus aciertos, en la FTL hay gente sensata y honesta trabajando en flagrante desventaja contra todo el aparato antitaurino, y cada conquista de Victorino Martín y su equipo será una conquista de todo el colectivo.

Ello no impide, sin embargo, que florezca este absurdo cainismo típico del mundo de los toros, nacido de la sospecha permanente y que provoca, aunque parezca increíble, que haya gente del toro (desde matadores a aficionados, pasando por todos los protagonistas de la Fiesta) suspirando por el fracaso de la FTL, incluyendo en ese fracaso la batalla más crucial de su corta trayectoria, esa que ahora libra contra el Gobierno de España, hoy por hoy una marioneta en manos de la ultraizquierda. ¿Quién lideraría la defensa de la Tauromaquia sin la existencia de la FTL?  ¿Qué sería del Toreo en semejante tesitura? Para ambas preguntas vale una misma respuesta: «mejor no imaginarlo». 

Pero la desunión del ecosistema taurino ha aportado un capítulo más a este libro que nos puede llevar a la (auto) destrucción, cuando los dirigentes de la Unión de Banderilleros y Picadores de España (UNBPE) han cometido la torpeza de hacer público un borrador de la Junta de Andalucía en el que se proponía la reducción de las cuadrillas como (errónea) fórmula para hacer viables los festejos taurinos en estos momentos de absoluta incertidumbre; el borrador, y la inevitable nota de prensa de indignación y rechazo, poniendo a los pies de los caballos a un gobierno autonómico que lo único que está haciendo es intentar colaborar para que el año, a nivel taurino, no se quede en blanco en Andalucía.

La UNBPE debería saber que el borrador, a efectos prácticos, no era nada salvo una invitación a que los afectados, de una vez por todas, presentaran las alternativas que consideraran apropiadas, que fue lo que hicieron posteriormente con esa propuesta de la reducción del 20% de los salarios que no me parece consecuente con la situación que se va a vivir de aquí a final de año, y que sólo puede calificarse como crítica y excepcional.

Pero, más allá de ello, lo que reclama el futuro inmediato a partir de la temporada 2021 es la firma de un nuevo convenio colectivo en torno a dos premisas básicas: por un lado, la notable reducción de salarios en plazas de tercera y cuarta categoría, especialmente en novilladas; y por otro, que ello conlleve i-ne-lu-di-ble-men-te el aumento significativo de festejos en esas plazas, así como la o-bli-ga-to-rie-dad de celebrar una novillada con picadores en todas las ferias de tres o más corridas de toros.

Luego está la otra pata del banco, que es la que sí hay que reclamar a la Administración, y que engloba apartados como los pliegos de condiciones, cánones, fiscalidad, burocracia, veterinarios, etcétera, pero para este otro asunto, crucial en el inmediato devenir de la Fiesta y de carácter exclusivamente interno, el mundo del toro no puede echarle la culpa al empedrado de la clase política mientras practica el onanismo con una mano, y se tira los trastos a la cabeza con la otra.

De momento, lo último que he leído ha sido a un empresario con un hijo novillero despreciando el papel de unas cuadrillas que, tarde o temprano, le salvarán la vida a su niño, una vida que no se pierde en diez minutos, sino en diez segundos. La unión va viento en popa.

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