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SIN UNIÓN, ESTAMOS MUERTOS

(OPINIÓN)

Por Álvaro Acevedo

Ante ustedes un escenario preocupante, por no decir terrorífico: el hazmerreír de España es a su vez el supuesto garante nada menos que de nuestras vidas. La aceleración de acontecimientos provoca que cada sainete quede solapado por el inmediatamente posterior, pero no cuesta nada recapitular a modo de breve resumen de esta sucesión de despropósitos: las imágenes de Irene Montero echándole las miasmas a una anciana en la devastadora manifestación del 8-M; la compra masiva y reiterada de test inservibles a un distribuidor desconocido; la desesperante y me temo que perenne incapacidad para dotar de material a los sanitarios; y, a modo de acto simbólico, aquella escena de Fernando Simón que, no conforme con ejercer de quita vergüenzas de sus superiores, remató la faena sacándose el cerumen de la oreja en una de sus ruedas de prensa, a cual más desafortunada y errática.

Mención aparte merecen las hilarantes comparecencias de algunos ministros que mejor ni recordar. O sí, para insistir en manos de quiénes estamos. Liderados por el ególatra de la banda ancha ultrarrápida, en el pódium de estos expertos en lenguaje inclusivo hemos descubierto a Alberto Garzón, el azote de las apuestas siempre que esas apuestas no sean las del Estado; a Yolanda Díaz, doctorada en risas flojas y ERTES para niños; y al ministro de Sanidad, un licenciado en Filosofía que sabe de salud lo que yo de inglés, pero al que había que darle una cartera, la que fuese, para que el PSC tuviera su cuota de representatividad en el Gobierno de España, la nación de la que reniega Miguel Iceta y sus secuaces del separatismo no encubierto. Se llama este buen hombre –ironías del destino– Salvador…

Si a semejante exhibición de desatino no le acompañara el más escandaloso intento de ocultar la realidad mediante una inextricable trama de consignas, vetos, control de redes sociales, amenazas, manipulación de datos, subvenciones y demás mecanismos de represión informativa e ideológica, esta patulea de inútiles sería motivo incluso de lástima, dada su manifiesta incompetencia. Por desgracia, el sentimiento que despiertan es mucho peor: se llama miedo.

Sorprende –es un decir– que la sesión de control al Gobierno celebrada el otro día no fuese un ejercicio de humildad por parte de Pedro Sánchez, un mentiroso compulsivo cuyo perfil sicológico alcanza ya rasgos inquietantes. Como alejado de cualquier tipo de remordimiento, no solo no ha pedido perdón 16.000 muertos (oficiales) después, sino que presumió en el Congreso –luciendo  corbata roja en señal de luto– de la celeridad con la que el Gobierno ha actuado ante la pandemia, insultó gravísimamente a la oposición antes y después de exigirle fidelidad y acusó a sus oponentes de lanzar bulos a diestro y siniestro, no sabemos si en la misma proporción con la que el Gobierno de España reparte subvenciones a los medios de comunicación que le están maquillando su nefasta gestión de la crisis. Sí, esa que tiene a España en el primer lugar del ranking mundial de muertos por coronavirus por cada millón de habitantes, una estadística tan esclarecedora como compleja de ver en alguna televisión, ya sea pública o privada.

Dirán ustedes que qué pinta este artículo en un blog de toros. Muy sencillo: frente a estos irresponsables hemos de negociar nuestro presente y, lo que es peor, nuestro inmediato futuro. Ante semejante tropa, necesitamos una unión inquebrantable de todos los estamentos de la Fiesta. La unión ni es una pose, ni es una foto, ni es una declaración de intenciones. Sólo se sustenta con los hechos. Pero para que haya unión lo primero que se requiere es un comportamiento ejemplar de todas las partes, basado en la ética, la honestidad y la coherencia; y alejado del egoísmo, esa lacra innata a la existencia humana. Algunos pensarán que demando un escenario utópico en este mundo taurino en el que cohabitan personas decentes y una pandilla de piratas casi a partes iguales. Es posible, pero si esa utopía no la convertimos en realidad, el Toreo saldrá de la colisión herido de muerte. Expertos en anteponer hasta límites indecentes su agenda política y propagandística a cualquier otra cuestión, lo lógico es que celebren con cava catalán la defunción de la Fiesta. Sin unión, estamos muertos debería ser nuestro lema, porque lo de unidos podemos ya lo cogieron unos que (ahora) viven en Galapagar…

 

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