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TODO ES POLÍTICA

Por Paco Aguado / Foto: Archivo DYFO

Es algo tan cierto como necesario: la fiesta de los toros no debería politizarse. Son muchos los que estos días insisten en señalar y en advertir el peligro que corre el espectáculo de convertirse en otro instrumento más de confrontación entre políticos de distinto signo, y más aún de estos que ahora nos ha tocado sufrir.

Y, en principio, tienen razón. Lo deseable, lo que nos mantendría al margen de este descalzaperros de la política actual, es que el toreo fuera considerado lo que siempre fue, aunque quizá ya no tanto: una expresión popular al margen de ideologías y de confrontaciones, abierto a todos –y a todas, perdón– porque no entiende más que de esa pasión común que nos une en hermandad a cuantos la sentimos.

Pero, lamentablemente, y pese a la teoría y los buenos deseos de quienes no acaban de aceptar la cruda realidad que estamos viviendo, al toreo no le están dejando aplicar esa otra de las palabras de moda en la jerga vacía de los partidos: la equidistancia. La política que todo lo toca y todo lo mancha, ha entrado a saco al mundo del toro. Porque, ahora que estamos en tiempo de elecciones, todo es política. Más que nunca

Lo que no deja de ser significativo, y paradójico, es que se esté acusando de todo ello a los partidos de derechas, que, dicen los idealistas, han tomado la fiesta de los toros como baza electoral. Pero se olvidan quienes así lo consideran que quienes comenzaron esa carrera por la politización del toreo fueron precisamente los sectores de la ultraizquierda, seguidos ahora por los desorientados sanchistas, al manifestarse repetida y claramente a favor de su prohibición.

Que a nadie le extrañe, pues, que la derecha, en este país de contrastes y bandos, de blancos y negros, haya tomado esa bandera que le han dejado servida en bandeja quienes olvidan, seguro que por bastardos intereses, que el toreo no tiene banderas. Ni siquiera la española. La cultura es universal.

Puestos a pedir, también hubiera sido bueno que, además de esos toreros que han entrado en las listas electorales de Vox y el PP a las distintas elecciones que se nos avecinan, otros lo hubieran hecho en las de los partidos de izquierdas, dando ejemplo de la amplia diversidad de las gentes de este espectáculo. Pero, no nos equivoquemos: es difícil estar allí donde no te quieren.

Ni un reproche, por tanto, a quienes, equivocados o no, han decidido meterse en política allí donde son bien recibidos. Porque es entendible que quieran, de una u otra forma, defender su pasión y su medio de vida, que es el mismo que el de cientos de miles de personas que se sienten agredidas y amenazadas desde hace unos años por esta izquierda desnortada que reivindica la memoria histórica pero olvida la suya misma.

Qué lejos parecen quedar aquellos tiempos recientes en los que el PSOE, sin ir más lejos, hizo –y sigue haciendo en menor medida- un excelente trabajo de defensa y promoción de la fiesta de los toros en diputaciones y gobiernos autonómicos, como en Valencia, en Extremadura, en Andalucía, en Castilla-La Mancha, en Madrid…  Tiempos aquellos, sí, en los que hasta se criticaba a Alfonso Guerra por usar un avión oficial para ir a ver a Curro Romero a la Maestranza.

Claro que más lejos quedan aún los primeros años de la Transición, cuando a Carrillo le sacaban a hombros en los festivales a beneficio del Partido Comunista en la placita de la Casa de Campo de Madrid. Y cuando sus correligionarios trabajaban codo con codo en los socialistas de la Comunidad para levantar Las Ventas y darle el impulso definitivo a la Escuela Taurina de Madrid.

Podríamos irnos incluso mucho más atrás, a las imágenes de la Guerra Civil, a los milicianos llevando en volandas a Domingo Ortega, al abuelo de Vicente Barrera –ahora en Vox– toreando para las tropas republicanas, a los paseíllos puño en alto en la plaza de Madrid, a toda la izquierda de la generación del 27 cantando a los toreros y al toreo…

Lo triste es que todos esos argumentos y evidencias ya no nos sirven de nada, que esta izquierda desnortada, subvencionada por el negocio multinacional del animalismo, tan manipulada como acomplejada por unos nuevos gurús que viven al margen de la gente, ya ha dictado su sentencia de muerte para la tauromaquia, a la que considera un refugio de fascistas catetos, incultos y violentos.

Irremediablemente, hemos caído en su trampa, ocupando el campo libre hacia la derecha que ellos mismos nos han ido dejando con su declaración de intenciones. Es así como se han dado, y les hemos dado, la razón. Y sin posibilidad, de momento, de que haya una vuelta atrás: será difícil convencer de lo contrario a quien no tiene intención siquiera de dialogar.

Visto lo visto, olvidémonos, pues, de los idealismos y de la neutralidad. A la fuerza, el toreo ha acabado metido hasta el cuello en la política, porque solo hay un lado del espectro político que asegura su supervivencia. Solo hay que tener en cuenta que si Vox tiene, según las últimas encuestas, un 5,9% de intención directa de voto en todo el electorado, el PACMA llega ya hasta el 5%…

Por eso mismo, la incertidumbre sobre lo que dictarán las urnas el 28 de abril y el 26 de mayo es enorme e inquietante. Tanto como lo que puede suponer una victoria del dividido bloque de izquierdas, que se ha cargado de nuevos argumentos revanchistas, y ojalá nos equivoquemos, para someter a la tauromaquia a una temible venganza política en cuanto tenga la ocasión.

 

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