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TOROS, VACAS Y EL MINISTRO GARZÓN

(OPINIÓN)

Por Paco March / Foto: Carlos Núñez

En un Gobierno empeñado en demostrar la veracidad del “Principio de Peter” (eso de que las personas van promocionándose en su trabajo hasta alcanzar el nivel máximo de incompetencia) el ministro Alberto Garzón, en reñida disputa con sus compañeros, compañeras y compañeres de Gabinete, se lleva la palma. Paso por alto lo referido a las casas de apuestas, otra de sus competencias –un portal taurino no es el lugar adecuado– pero lo del consumo de carne no tiene un pase.

Resulta que Garzón, convicto y confeso animalista (sic) y, por ende, irredento antitaurino (otro sic) aboga por ir suprimiendo la carne en la dieta de españoles y españolas pues –dice el muchacho– pone en peligro la salud. Lo dice, claro, por nuestro bien: “el objetivo es cambiar los hábitos a unos más saludables, ecológicos y, por tanto, más sostenibles”.

Ecología y sostenibilidad, junto con empatía, son las tres palabras mágicas del progresismo curil que nos ha tocado padecer. Y se utilizan para todo y contra todo. El ministro Garzón ha dicho –con palabras más finas, eso sí– que los pedos de las vacas son unas de las causas del efecto invernadero y, en consecuencia, qué mejor que acabar con lo que llama macrogranjas que –añade– quitan el agua a los pueblos. Y para ello, cuanta menos carne se consuma, más cercano su cierre.

Ajá.

Resulta que Garzón, abanderado de la lucha antitaurina, incurre en una flagrante contradicción, una más en su extenso currículo de insensateces. Ataca la ganadería intensiva y, en consecuencia, apuesta –él, el que iba a acabar con las apuestas– por la ganadería extensiva. Ocurre que si hay un ejemplo ejemplar de ganadería extensiva, ésta es la del toro de lidia. Y eso a Garzón tampoco le gusta. Es más, otro de sus objetivos prohibicionistas es la tauromaquia y la consecuente desaparición del toro del lidia y lo que ello supondría. El toro de lidia, ése que se cría a cuerpo de rey en las dehesas que son por sí mismas ejemplo de sostenibilidad y equilibrio ecológico.

Garzón y otros de su especie quieren acabar con los toros y las vacas en nombre de su autocomplaciente altura de miras y superioridad moral, argucias que intentan disimular las vergüenzas de su afán intervencionista e inquisitorial, que atenta a las libertades individuales y colectivas.

Pero eso, al camarada Garzón se la trae al pairo.

 

 

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