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UN EXTREMEÑO FRENTE A ROCA REY

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Por Álvaro Acevedo / Foto: Arjona-Toromedia

La bandera del Perú (que como la de Sevilla y la del Sevilla es blanca y roja)  ondeaba con orgullo en diversos puntos de la plaza mientras Andrés Roca Rey daba la vuelta al ruedo con la oreja del tercer toro. Sus paisanos presumen de torero, y tienen motivos.  Con 22 años ya es mucho mejor que algunos de sus supuestos rivales, que llevan más o menos el mismo tiempo pegándole vueltas al mundo de feria en feria.
Andrés salió a morder, como siempre, pero el espectáculo de sus pases cambiados, su ambición para encontrar toro en todas partes, su valor para no ceder terreno… no nos debe apartar de lo fundamental: con la izquierda pegó ocho o diez muletazos muy lentos, bajando la mano, embraguetándose con el buen toro de Victoriano del Río, que tuvo clase y temple, y al que toreó hacia detrás de la cadera, echado en los riñones, todavía algo tenso y sin acompañar con la cintura, pero con una inteligencia y pulso que dan pie a la esperanza. Su presente como joven triunfador que se va a comer el mundo es incuestionable, pero lo más interesante es que puede romper en torero bueno, algo que no tiene nada que ver con las orejas, las fincas o los coches.
Como aficionado, me interesa muchísimo seguir su evolución, como aficionado, disfruté con un enorme puyazo de Francisco María, y como aficionado, me encanta ver a Antonio Ferrera salvo cuando se pone exagerado. Con Manzanares aturdido a causa de una violenta cogida y desanimado frente a un mal lote, los más ilusos creyeron que la tarde se volcaría entera hacia el Perú.  Pero resulta que no.  El extremeño, sobrado con el altísimo reserva que abrió temporada, apretó el acelerador frente al cuarto, al que toreó como quiso con ambas manos, siempre muy de verdad, con el sabor de los toreros en sazón, suave para consentir al toro primero, más entregado después, muy por abajo, cuando hubo que acabar de convencer al público, todavía mosca porque Antonio no quiso poner banderillas.  Tan a gusto estuvo que se pasó de faena y lo pagó con problemas para igualar a ese buen toro burraco que saltó en cuarto turno. Pese a todo, que no le dieran la oreja lo contemplo como la anécdota ridícula de la tarde.  Lo relevante fue que Ferrera, como un viejo león, le plantó cara al nuevo fenómeno con la casta que acompaña a su, ahora, deslumbrante maestría. No olvidemos que fue un extremeño el que tuvo huevos de conquistar Perú…

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