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ANTE USTEDES, UN TORERO

Por Álvaro Acevedo / Foto: Teseo Comunicación

Como un milagro florecía el toreo en este otoño que ya es histórico. Así, de cadera a cadera, con ese vámonos que nos vamos de cintura rota yo no había visto torear nunca. No sufran: para eso hay que nacer.

Luego hace falta que Dios quiera, que a veces parece que no quiere nunca, aunque el destino algo barruntaba en el primero de la tarde, encastado, agresivo, y lidiado bajo un viento enfurecido. El maestro no se descompuso y con un valor sin aspavientos buscó los terrenos exactos, esperó su momento, y calmó las aguas mientras los puñales del toro pasaban como rayos junto a su cuerpo. Siempre bien colocado, que es lo primero para torear bien, se jugó la vida con la misma serenidad con la que desgranó sus muletazos, bellos y bravíos, para lentamente construir una faena de riesgo sordo, en la que no se llegó a mascar un peligro evidente, disimulado por su deslumbrante madurez. ¿No consiste en eso, acaso, la maestría?

Pero su segundo toro fue otra cosa. Antes, Octavio Chacón se había dejado la piel en una faena de mucha verdad frente a un enemigo áspero, con sentido, y al que le arrancó una oreja de torero macho. Y David Mora, frente a un fuenteymbro de una calidad excepcional, quiso, pero ni supo, ni pudo, ni le dejaron, porque a veces la vida es así de cruel.

Ese cuarto de la tarde, decíamos, tuvo otro estilo. Grande como él sólo pero bonito de cara, estaba en el tipo de la casa, y como Diego vio su buena clase no le apretó con el capote y lo midió en varas. Tomó aire en banderillas pero Urdiales le paró los pies en un trincherazo enorme que anunciaba la catarsis. Unos minutos después había hombres que lloraban y una plaza estaba entera puesta en pie. ¿Por qué? Porque al fin, después de tanto tiempo de espera, el arte del toreo había brotado en todo su esplendor. Muy suave, y con esa caricia de los toreros frágiles, Diego Urdiales derramaba una tauromaquia tan clásica, tan natural, tan conmovedora… que ni siquiera sé que fuese cierta. Su cintura, mágica, enroscaba al de Fuente Ymbro en un toreo de arrebatadora pureza, y sus muñecas antiguas bailaban lentas mientras la cátedra crujía de locura. Y su muleta, con la dulzura de una amapola, dibujaba sobre el albero un sueño de redondos y naturales ya eternos, y un angélico puñado de kikirikís, trincherillas y cambios de mano, cerrados con aquel ayudado final rodilla en tierra que, como una estampa añeja, preparó al bravo para la muerte. Por derecho, igual que va por la vida, se tiró a matar y aquel gran toro rodó sin puntilla con una estocada en la yema. Rubricaba así Diego Urdiales la faena más excepcional que se ha hecho en Madrid en muchísimos años. Fue la obra maestra de un torero maravilloso. Ya no quise ver más, pero cuentan que, con tres orejas, se llevaron a un TORERO por la Puerta Grande.

 

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