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VOLVER A EMPEZAR

Por Paco Aguado

Hace ya una larga década que este ensucia folios advirtió en un artículo sobre lo que, en un palabro raro pero descriptivo, dio en llamar la “destaurinización” de la sociedad española. Había ya claras señales que avisaban de lo que estaba por llegar e, inevitablemente, ha acabado llegando: el absoluto desconocimiento de hasta los conceptos más simples del toreo por parte de una gran mayoría de la población de este país.

Han pasado más de diez años desde aquel aviso y esa destaurinización ha tomado velocidad de crucero, aumentada y acelerada por los nuevos usos y costumbres de una sociedad que en muy poco tiempo ha dado un giro radical, hasta el punto de que es incapaz de reconocerse a sí misma cuando revisa sucesos y hechos que tuvieron lugar prácticamente antes de ayer.

Gran parte de la culpa de ese alejamiento y de ese desconocimiento de lo más general de la tauromaquia hay que buscarla en la desaparición de las corridas en la televisión en abierto. Salvo las honrosas excepciones de algunas cadenas autonómicas, como las de Castilla-La Mancha y Madrid, las transmisiones taurinas han sido eliminadas radicalmente de las parrillas televisivas en los últimos quince años y es ahora cuando estamos empezando a pagar las consecuencias.

Es más que una evidencia que varias generaciones de españoles se criaron viendo toros en televisión, absolutamente familiarizados con ello. Muchos días al año, cualquier chaval de cualquier punto de España se encontraba al llegar del colegio con una corrida en directo por la primera cadena de TVE –o incluso, después, en las privadas –a la que echaba un ojo mientras merendaba su trozo de pan con chocolate.

Solo con verlas un ratito, con escuchar al comentarista o por indicaciones de sus padres o abuelos, ese niño aprendía sin esfuerzo y con total naturalidad lo que era un picador, un capote, una estocada, una montera, una vuelta al ruedo… lo que, luego fuera o no aficionado, le servía para aumentar su acervo cultural y para tener una mínima referencia de un espectáculo que definía la esencia de su país y su gente.

En cambio, después de esa sectaria eliminación de los toros en directo de la televisión pública, ante la que los torpes estamentos taurinos nunca supieron, o quisieron, reaccionar por ineptitud, ceguera u oscuros intereses, vayan ustedes ahora a preguntarle a cualquier joven de nuestro tiempo si sabe lo que es una manoletina, que les dirá que es una zapatilla plana de señora.

Y es así como, aparte de los insistentes fallos a preguntas taurinas en cualquiera de los concursos televisivos de cultura general, otro de los elocuentes indicadores de ese extendido desconocimiento del toreo puede verse también con alarmante frecuencia en el tratamiento que los medios generalistas –y a veces diría que hasta los especializados –dan a cualquier hecho relacionado con el espectáculo que, muy de tarde en tarde, se han visto obligados a reflejar.

Basta con escuchar los términos y las frases utilizadas en la elaboración de la noticia para darse cuenta que el nivel de conocimientos taurinos del redactor que la firma es el mismo que el que podría tener para transmitir esa información un colega de Helsinki o de Okinawa. De ahí, por cierto, la elección por parte del fotógrafo y de los editores de esas fotos aberrantes que ilustraron las crónicas de la actuación en Granada de José Tomás, que no está motivada, como alguno podría pensarse, por intereses antitaurinos o desprecio a la fiesta de los toros, sino por una ignorancia supina hasta del mínimo significado del rito.

Porque, sin ir más lejos, en este Madrid post Carmena desde el que se redacta este artículo, asfixiado de calor e invadido por el “orgullismo” y el mascotismo, cualquier preadolescente tiene más facilidades para saber, incluso en el colegio, como se realiza un coito anal que una estocada recibiendo, un cambio de sexo que un cambio de tercio, la adopción de un perro pulgoso que el enchiqueramiento de un toro bravo…

Sí, han cambiado tantas cosas en este país llamado España, tanto efecto ha tenido la dirigida corrección política y tanto éxito ha alcanzado la dictatorial y avarienta globalización que se predica por medios y redes, que llevamos camino de dejar de ser nosotros mismos, solo lo que nos diga el gran hermano que hemos de ser, decir, sentir, hablar, ver o disfrutar.

Así que toca ponerse a luchar contra los molinos de viento. Si queremos seguir adelante y que la fiesta siga latiendo, hay que volver a culturizar en el toreo a parte de todos esos jóvenes que corren el peligro de convertirse en marionetas del sistema. E incluso a aquellos que, por reacción, por rebeldía, se acercan cada vez más a los tendidos… quizá pensando más en el postureo y en el cachondeo alcohólico que en lo que el toreo tiene de trascendencia artística y moral.

Toca, pues, volver a empezar. Y no estaría mal hacerlo, antes que nada, por intentar que los toros vuelvan a verse en abierto por esa televisión que dicen que es de todos pero que cada vez es de menos. Lo mismo a los nuevos directivos de TVE hasta les interesa, aunque solo sea para recuperar las audiencias que pierden a marchas forzadas.

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