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INSURGENCIA

(OPINIÓN)

Por Álvaro Acevedo

La calle que da sobrenombre a esta Monumental de México, la Avenida Insurgentes, nos indica el camino más recto a seguir, que no es otro que el del levantamiento contra la autoridad. Porque la autoridad, cuando se radicaliza, cuando interpreta la realidad desde el sectarismo, cuando hace no uso, sino abuso de su poder, cuando cercena libertades y cuando criminaliza a un sector de la sociedad sin ninguna legitimidad moral, sin razón ética para ello, pierde todo el respeto que a priori se le debe.

Insurgencia contra la autoridad, y quién sabe si contra alguien más. Porque siendo gravísimo todo esto, quizá sea peor lo que puede subyacer tras la decisión de un juez bajo sospecha. Es decir, que tal prohibición suponga la punta de un pestilente iceberg de traiciones e intereses urdidos desde dentro. Porque quien calla otorga y ni la propiedad de la plaza, la familia Cosío -en un atroz paralelismo con la familia Balañá en Barcelona- se ha pronunciado al respecto; ni tampoco los gestores del coso, Juan Pablo Bailleres y Javier Sordo, este último vinculado a un macroproyecto urbanístico que pasaba por la demolición del colindante Estadio Azul (también propiedad de los Cosío) para erigir en su lugar un gigantesco centro comercial.

Resulta descorazonador también que la defensa legal del caso haya deambulado entre la laxitud y la inutilidad, y resulta inconcebible que estemos en esta terrible situación tras una sentencia sin el más débil argumento jurídico y, en consecuencia, bien sencilla de tumbar. Tan inconcebible como que la Monumental no haya sido declarada Bien de Interés Cultural (BIC) teniendo todos los condicionantes para ello, de forma que ese colosal símbolo de la Tauromaquia americana, una vez catalogado como BIC, siempre sería una maravillosa plaza de toros y nunca -qué se yo- un gigantesco edificio con varias plantas de aparcamientos por abajo, justo en ese hoyo en el que tantos toreros han escrito páginas imborrables de la Fiesta en México.

Sin temor por tanto al problema de catalogación que hubiera impedido legalmente la demolición de la plaza y, a partir de ahora, con su ruedo inactivo por decisión judicial, habría vía libre -sin la más mínima presión social- para un proyecto de millones de dólares a costa de dejar la Fiesta herida de muerte en México. Paralelamente -en flagrante prueba de que lo peor está por llegar- al inquietante Pedro Haces, «Don Bull», le ha faltado tiempo para erigirse en salvador de la causa y ya pergueña una feria paralela en Texcoco que sacie las ansias de toros de una afición engañada y maltratada a partes iguales. Esa afición que alguna vez llenó este templo taurómaco de 42.000 localidades…

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