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ROJO, PERO NO GILIPOLLAS

(OPINIÓN)

Por Álvaro Acevedo

«Sintiéndolo mucho», que es como hay que torear, se llama el documental que Fernando León de Aranoa ha hecho sobre Joaquín Sabina. Estos días anda de promociones previas al estreno, excusa siempre ideal para leer o escuchar sus entrevistas. Yo le tengo ley a Sabina, he pasado toda mi vida apoyado en sus canciones, soñando y a veces llorando junto a ellas. Le quise invitar a los toros y brindarle el novillo de mi debut en Madrid, pero me dio vergüenza porque yo no era Manolete.

Sabina es mejor aficionado de lo que yo pensaba. Antes sólo tenía ojos para José Tomás, pero le he leído el otro día que una de las pocas cosas que merecen la pena del siglo XXI han sido las 100 tardes de Morante, que yo creo que es una frase ya histórica. Fernando León de Aranoa se ha llevado 15 años a su lado para este documental, y en los hoteles, Sabina le daba una tarjeta de su habitación para que entrara a grabar cuando quisiera. Yo no aspiraba a tanto: le propuse al entorno de Morante (ahora ya no se habla con los toreros, sino con «el entorno») seguir sus pasos en este año de las cien para escribir un libro pero ni me contestaron, como es habitual.

Aye en ‘El Hormiguero’ sucedió un hecho insólito en estos tiempos. Pablo Motos sacó, al hilo del documental, la parte dedicada a José Tomás y su cornada de Aguascalientes, ese momento dramático del amigo que se muere mientras miles de personas esperan detrás de una cortina que salgas al escenario. Y por una vez la conversación no degeneró en el cuestionamiento de la tauromaquia. Se habló de aquella tarde de manera emotiva, sin falsos pudores, y al fin sin pasar por el fielato de la nueva Santa Inquisición, que sale de caza cada mañana estigmatizando a los que no se someten al catecismo de la Agenda 2030, al lenguaje inclusivo, a la guerra de sexos y razas, a la cruzada animalista y a la madre que los parió.

De fondo, «Navegante» corneaba al torero y el rostro de Joaquín se desencajaba en el tendido. Y ya en la noche, bajo la media luz de un camerino improvisado, recibía noticias que apuntaban a que el torero había salvado la vida. Junto a su guitarra tarareaba «De Purísima y Oro», la canción preferida de Almudena Grandes, esa misma que los monaguillos de la nueva izquierda censuraron en su entierro… «para no herir sensibilidades antitaurinas». Sabina es rojo. Éstos de ahora sólo son gilipollas.

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