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VICTORIANO CÁNEBA, ESPLÁ Y «CHIVITO’

(OBITUARIO)

Por Paco March

En Salamanca, su tierra, ha muerto a los 77 años de edad Victoriano Cáneba, picador de toros que en sus más de 1.500 paseíllos en las cuadrillas de, entre otros, Roberto Domínguez, Curro Romero, Luis Francisco Esplá, Manolo Sánchez y José Ignacio Sánchez, dignificó como pocos su chaquetilla de oro.

Victoriano, a las órdenes de los matadores citados, estuvo en todas las plazas, en las principales ferias y su categoría profesional -de la humana también puedo dar fe por las veces que lo traté- le hicieron merecedor de premios y consideración de aficionados y crítica.
Fue Esplá, con quien estuvo 17 temporadas, el matador con el que vivió los mejores momentos de su dilatada vida profesional , pero también el peor de todos, un trance que a punto estuvo de costarle la vida.

Sucedió en Pamplona un 11 de julio de 1987 y aquí lo rememoro en homenaje póstumo de admiración y respeto. Esa tarde sanferminera se anunciaba una corrida de Pablo Romero, que resultó de tan hermosa presencia como mansa condición, y ante la que poco pudieron tanto lucir José Antonio Campuzano como Lucio Sandín, que conformaban terna con Esplá.

El segundo de la tarde, primero del lote del maestro alicantino, negro como la pena negra, de 651 kg, acogido por la ruidosa solanera con un ¡oh! de admiración y «Chivito’ por nombre, resultó ser un barrabás. «Chivito’ rehusó capotes, oteó el horizonte y saltó dos veces al callejón, una por los tendidos de sombra, otra por los de sol.

Avistados los picadores se arrancó raudo, de punta a punta del ruedo, hacia Manuel Cid, al que derribó con estrépito y de ahí galopó a por Victoriano Cáneba y su montura, al que también mandó al suelo tras cuatro entradas y otras tantas huidas. Volvió el extraordinario piquero a su montura y «Chivito’ le hizo saltar de su silla para, ya en el aire, asestarle una criminal cornada en un pulmón de la que, al instante, brotó la sangre en manantial, pero Victoriano aún quiso volver a montar, un imposible.

Después Cid se cobró cumplida venganza con una carioca monumental. El gentío, la sombra y el sol, aplaudían como si aquello fuera ejemplo de bravura mientras por el callejón se llevaban a Victoriano Cáneba con el pecho abierto mientras desde las peñas arrojaban, haciendo puntería, rodajas de sandía. El público en pie aclamaba a un toro que había mostrado instinto asesino y mansedumbre cum laude. Por eso Esplá, hasta entonces ídolo de Pamplona, decidió no poner banderillas y ardió Troya. Luego con la muleta, la sabiduría lidiadora del maestro alicantino no pudo lidiar con el ambiente tan injusto como hostil y la efervescencia de un público que incluso llegó a pedir la vuelta al ruedo póstuma para «Chivito».

Quede aquí mi homenaje a Victoriano Cáneba y el testimonio de una tarde que viví como una pesadilla

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