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DE LAS QUE HACEN AFICIÓN (Y FALTA)

(ALBACETE)

Gran cierre de feria en Albacete, con una corrida en la que Rubén Pinar y Sergio Serrano se la jugaron frente a un encastado y muy serio encierro de Victorino

Por Julio César Sánchez / Foto: Comunicación Toros Albacete

La Feria de Albacete echó el cerrojazo ayer con un corridón de toros. En todos los sentidos. Por seriedad en los ejemplares de Victorino Martín lidiados -y no nos estamos refiriendo únicamente a su ofensividad, que también, sino igualmente a su encastado juego, siempre emocionante y nunca fácil- y por la tarde de toreros dispuestos a jugarse los muslos que ofrecieron Rubén Pinar y Sergio Serrano. A jugárselos de verdad.

Al primero le tocó el lote más áspero. Ninguno de los tres se deslizó sino que regatearon y buscaron las zapatillas del de Tobarra con insistencia y, alguna vez, con éxito. Como por ejemplo el primero, con el que Pinar hizo un esfuerzo de órdago. El cárdeno humillaba pero venía dormido y sin las intenciones claras. La faena de Pinar se desarrolló con corrección por el pitón más potable, el derecho, pero tomó verdadera altura cuando cogió la tela con la izquierda, el más complicado por tobillero. El toro se tragó una tanda, y con el torero también tragando (en su caso, paquete) volvió por el mismo lado hasta ser volteado aparatosamente sin resultar herido. Con los tendidos ya metidos en la faena y con el riesgo evidente mascándose, Pinar se tiró a matar derecho como una vela y una oreja de peso fue a sus manos.

Más pacífico fue el noble tercero, con el que Pinar de nuevo estuvo valiente a carta cabal, toreándolo al natural -a media altura obligado por la condición del toro-, y exponiendo por el derecho, sin mover los pies a pesar de las dudas del de Victorino, al que arrancó una oreja después de tirarse con arrojo.

En el tobillero y correoso quinto Pinar se puso por ambos lados en un gesto de vergüenza torera, con la absoluta certeza de que nada de lucimiento podría extraer de su oponente. Lo tumbó dejando media arriba, respirando con alivio tanto el torero como el público cuando el tal ‘Portezuelo’ dobló.

Como Pinar se había ido a portagayola en el que abrió plaza, no pudo ser menos Sergio Serrano y tomó idéntico camino en el segundo. Si en el primero hubo emoción por la vía del riesgo, en éste llegó por la del buen toreo. Fue al natural, después de pasarlo por derechazos menos armónicos. El de Victorino ofreció nobleza y enorme profundidad por el izquierdo, y Serrano le dio el pecho, se la echó suave al hocico, insinuante, y se lo pasó por la faja despacio, con los riñones hundidos y una entrega total, toreando, y antes aguantando impávido dos parones de infarto, uno por cada pitón. Pasaportó a su colaborador a la primera y se ganó, desde ya, el derecho a salir a hombros.

El zurdo volvió a ser el pitón potable del cuarto, y por ese lado volvió a destacar Sergio Serrano, dándole un tiempecito para que el de Victorino no se alborotase, y conduciéndolo unas veces con más templanza y otras con menos. Volvió a tocar pelo tras fulminarlo a la primera.

Al sexto le faltaron muchas cosas, pero se podrían resumir con el término entrega. El astifino ejemplar de Victorino reponía y buscaba los tobillos de Serrano, aunque, por fortuna, no los encontró. El albaceteño porfió y se justificó, aún a sabiendas del riesgo y de la nula opción de lucimiento, fallando con los aceros esta vez.

Al final del festejo el ruedo se inundó de aficionados emocionados queriendo sacar a hombros a dos toreros que, como casi siempre, también fueron héroes; pero ayer más. Porque dieron una tarde de toros de las que hacen afición. Y falta…

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