Menu

Blog y Reportajes. No pierdas detalles.

EL SILENCIO CÓMPLICE Y COBARDE

(OPINIÓN)

Por Paco March / Foto: Archivo

Pasan los días y sigue el silencio. Desde que el propio ministro de Cultura, presionado por un telefonazo de su socia de Gobierno y ministra de Trabajo (la misma que negó la ayuda salarial por la pandemia a los profesionales taurinos), se desmintió a sí mismo en cuestión de horas y dejó fuera del Bono Cultural a la Tauromaquia, nadie, absolutamente nadie, del sector cultural ha alzado su voz ante tal tropelía discriminatoria.

Más allá de la valoración sobre tal Bono, su oportunidad y/o oportunismo, lo cierto es que, una vez más, el Gobierno de España se pasa por el forro lo que la Ley, noviembre 2013, dice:” La Tauromaquia forma parte del patrimonio histórico y cultural común de todos los españoles…En su condición de patrimonio cultural, los poderes públicos garantizarán la conservación de la Tauromaquia y promoverán su enriquecimiento, de acuerdo con lo previsto en el artículo 46 de la Constitución”.

Y, ante eso, el silencio. El silencio cómplice y cobarde precisamente de quienes en tantas ocasiones han reclamado ayudas y solidaridades con sus respectivos ámbitos de creación, del cine a la música, pasando por el teatro, la danza o la literatura. Esos que ¡oh, casualidad!, si se incluyen en el susodicho Bono.

Cineastas, actores, actrices, músicos/as, escritores/as…que a menudo se manifiestan en el ámbito político, la mayoría de ellos desde posiciones progresistas y de izquierdas, han optado por el silencio de los corderos. Quizás porque les va el salario en ello. Ahí está el quid. Cuando el discurso dominante que se quiere imponer a la sociedad desde ¡oh, contradicción ¡ideologías autoproclamadas de izquierdas! pasa por el rechazo a la Tauromaquia, mejor callarse, no vaya a ser que…

Resulta obsceno ese silencio, más aún de quienes hasta no hace tanto iban a las plazas (a poder ser, al callejón, que es gratis) o más o menos por lo bajini reconocían su afición taurina. Y doloroso también el de aquellos que aun rechazando el toreo siempre alardean de compromiso por la libertad. Este fin de semana, en unas jornadas que, pomposamente, llaman Universidad que Podemos ha montado en Rivas Vaciamadrid, por las que han desfilado, entre otros, políticos, catedráticos y juristas, una de las ponencias se dedicaba, cómo no, a los animales y, claro, la Tauromaquia. En ella (las rrss las reproducen en directo o casi) se han escuchado toda una sarta de disparates -nada nuevo- con especial mención a un periodista que ha centrado su intervención en la “malignidad” de llevar a los niños/as de 5 o 6 años a los toros y las secuelas que ello provoca (sic). Así están las cosas.

La “crema de la intelectualidá” ha dado la espalda a los toros. Pero no por convencimiento, sino por miedo. Y eso contradice tanto su esencia -“el pensamiento no debe tomar asiento”, cantaba Aute”- como su historia. Rehenes del miedo y del dinero, los intelectuales callan y otorgan. Callan ante la tropelía y, con su silencio cobarde e interesado, otorgan razones que no son tales. Por eso, ante eso, quiero mencionar aquí un caso particular que me emociona.

A las pocas horas de conocerse la rectificación de Iceta, el donde dije (al Bono para la tauromaquia) digo no, me llamó Fernando Bergamín, hombre de letras y albacea del legado de su padre, el siempre combativo y luminoso, José Bergamín. Fernando, con esa indignación tan bergaminiana y quijostesca ante lo injusto, se ofrecía a encabezar todo manifiesto de repulsa a la discriminación gubernamental contra el toreo. Fernando -de casta le viene- es un intelectual de otra época, aquella en la que éstos, los intelectuales, se jugaban su libertad, incluso su vida, por la libertad y la vida de los demás. Su dignidad era la dignidad de los otros. Y viceversa.

José Bergamín, como tantos nombres ilustres que todos tenemos presentes, fue un habitual “abajofirmante” en tiempos de Dictadura, ya fuera desde el exilio o al regreso de éste. Manifiestos, cartas, artículos…que denunciaban injusticias y arbitrariedades de muy distinto signo, incluidos asesinatos y penas de muerte. Y si su efectividad real era reducida al menos contribuían a crear una conciencia colectiva distinta a la “verdad oficial”. Ahora, pese a que aún quedan algunos como Fernando Bergamín, la cobardía personal y la miseria moral de tantos y tantas les impide alzar la voz y la palabra.

Es el signo de los tiempos, que, como el coronavirus, parece que “ha llegado para quedarse”. La vacuna contra ello está en la honestidad individual, hasta que sea colectiva.

Las cookies nos permiten mejorar nuestros servicios. ¿Aceptas el uso que hacemos de las cookies?. Más información. ACEPTAR
Aviso de cookies
error: Contenido protegido