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EL TOREO NO ES UNA TÓMBOLA

Por Paco Aguado

Simón Casas sigue en sus trece. Sea como sea, aunque con calzador y de manera tan tibia y enrevesada como parece que va a hacerlo, sigue empecinado en encajar el sorteo en la feria de San Isidro. ¿Será verdad que cree que la fórmula que, por fortuna, le salvó los muebles en Otoño es la panacea con la que se va a arreglar el toreo?

En todo caso, hay que reconocerle la perseverancia, esa virtud que no es precisamente de las más señaladas entre los taurinos actuales, y también esa habilidad suya, tan súbita como discontinua, para dar qué hablar y remover el oxidado ambiente mediático de este plano y desgastado taurinismo de nuestros días.

Pero, por lo demás, da la impresión a simple vista de que este nuevo intento de “revolución” no va a pasar de eso, de un intento, de un soplo de aliento a la menguante hoguera de las vanidades.  Este nuevo sorteo, esta forma de darle “bombo” a lo que, a todas luces, no puede cambiarse simplemente por azar, no dejará de ser otro pasajero brindis al sol.

En su raíz, porque, a pesar de los elogios de interesados o de incautos bienintencionados, sortear los puestos y las ganaderías de una feria, como si fueran el gordo y las pedreas de la Navidad, no deja de ser otra flagrante y novedosa forma de injusticia, sobre todo para los triunfadores anteriores, a sumarse a las ya férreamente establecidas en este negocio.

Porque en ningún otro espectáculo como en el toreo ha contado históricamente, y debería de seguir contando, la meritocracia: el reconocimiento, en forma de derechos adquiridos que han de renovarse continuamente, a lo que los protagonistas se ganan en el ruedo y ante el toro. Y entre ellos, si se adquiere la suficiente fuerza, la prioridad y la capacidad de decisión para elegir ganaderías y compañeros en un ciclo tan determinante como el madrileño.

Ese reconocimiento, también traducido en una subida del caché y en la libertad para encauzar sus carreras, es uno de los fundamentales estímulos que, desde Pedro Romero han tenido los toreros para dejarse la sangre en la arena, hasta lograr una primacía que no se valora con puntos ni goles.

Porque el toreo, sí, es otro rollo. Una actividad al margen de lo cotidiano y de lo mensurable con números, un arte cuya dinámica no encaja en escalafones ni en clasificaciones deportivas, ni tampoco en esa competitividad inhumana que se enseña en los másteres de las escuelas de negocios.

Simón Casas lo sabe perfectamente, porque basó sus primeros éxitos precisamente en el respeto a esas viejas claves y en saber estimular perfectamente a los toreros hasta para sacarlos de sus zonas de confort ganaderas. Pero a estas alturas del partido, aunque tenga su despacho en la primera plaza del mundo, puede que también sea consciente de que su capacidad empresarial se ve ahora limitada por los rocosos intereses creados que ha consolidado el mezquino y cerrado taurinismo que padecemos.

Ya sin Curro Vázquez apoyándole, física y moralmente, este año en las maratonianas negociaciones isidriles del patio del desolladero de Las Ventas, Bernard Domb quizás haya pensado que el sorteo, además de ahorrarle trabajo, supone un inmejorable condicionante con el que poder capear mejor las exigencias de las figuras y los cruces de intereses entre sus pares del oligopolio, ese en el que, por inferioridad en lo perverso, se encuentra claramente a disgusto.

Sí, puede que de ahí derive su insistencia en tirar del bombo, en imponer ese sorteo que, seamos sinceros, no puede aplicar a la totalidad de la feria porque hasta él mismo está inmerso en esa espiral de intereses que está llevando a la fiesta de los toros hacia el sumidero. O sea, que tiene suficientes toreros y plazas como para no poder liberarse de las ataduras que le impiden hacer esa enmienda a la totalidad que tanto le gustaría.

De todas formas, más allá de lo puntual y ahora que la fórmula de las bolitas calientes se antoja para algunos como el ungüento amarillo, habría que pararse a pensar lo que esta cuestión significa y también puede tener de negativa de convertirse en una norma general.

Por ejemplo, acabar definitivamente con la figura del apoderado, pues sería el último ataque, el definitivo, a un cargo en peligro de extinción, en tanto que los toreros no tendrían ya más intereses que defender que el de una cotización que las empresas se empeñan, y están consiguiendo, en llevar a la baja más extrema.

Y, probablemente, acabaría también con el sentido del trabajo del propio empresario, o al menos reduciría sus funciones a la mínima expresión, una vez anulado el clásico pulso de negociaciones de despacho, ese ajedrez mezcla de astucia y picaresca, de habilidad contra fuerza, de paciencia y osadía, en el que solo los más inteligentes sabían sacar partido.

Con todo eso, y más, acabaría este sorteo tan poco taurino que, de consolidarse, bien podría celebrarse los próximos años en Suiza, en la sede de la UEFA, con Infantino de maestro de ceremonias y todo muy cool. Aunque, tal y como están las cosas, y por aquello de ahorrarnos la gasolina, aquí lo acabaríamos haciendo en el bingo de Manuel Becerra y animados por Manolo. El del bombo.

Dejemos el sorteo y las bolitas para las doce de la mañana. Ese debe ser el único y seguro azar del toreo, que diría Pepe Alameda.

 

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