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ERA SÓLO ESO, ALEJANDRO

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Por Álvaro Acevedo / Foto: Teseo Comunicación

Era sólo eso, Alejandro, salir ahí y demostrar que eres un pedazo de torero. Que tienes el temple en las manos y el toreo en las muñecas. Que eres gente porque tienes el don, y que tienes el don porque eres gente. Que traes al toro embebido en los vuelos y que el ajuste es intenso, muy puro, pero que el remate es grácil, muy limpio. Que el brazo está suelto y que la muleta baila por abajo como ella sola. Y que cuando hay un compás muy lento, la plaza cruje hasta los huesos.

Era sólo eso, Alejandro, salir ahí a defender tus penas y a llorar tus alegrías. A imponer el silencio, a poder con el toro, a jugar con su fuego, a que fluyera el arte como una magia blanca entre ese huracán de derrotes. Era ese pulso frente al genio; esa caricia para domar la casta. Seda y látigo.

Era sólo eso, Alejandro, que saliera el sexto y morir por el Toreo en cada suerte, renacer de tus cenizas, doler y que te duela, y decir que esto es así, y no de la otra manera. Que la dormidera, ya de relojes reventados, ponga a los cabales majaretas y luego pinchar al toro porque sí, porque después de entregar el alma ya no quedan fuerzas ni para arrastrarse.

Era sólo eso, Alejandro, que nadie pueda hacerte sombra cuando hablemos de Toreo. Ni un pletórico Ferrera que se gustó como lo hacen los maestros; ni el gran Manzanares de los ramalazos bellos. Has de saber, Alejandro, que Antonio y José Mari eran tus adversarios, pero que tus enemigos no están enfrente, sino detrás. Muy cerca.

Tampoco olvides que nadie se nos subirá encima si no doblamos la espalda. Nunca.

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