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LA ÉPICA COMO RECURSO

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Por Paco Aguado / Foto: Teseo Comunicación

No estaban terminando de salirle las cosas al bueno de Paco Ureña. Con el primero, que aunque cargado de carnes fue el mejor hechurado y, por tanto, también el mejor toro de la corrida, porque le pudo la ansiedad: una visible, tensa y empecinada intención de rebozarse de toro, de despatarrarse hasta lo obsceno y de pasarse muy cerca de la bragueta unas embestidas que pedían, en cambio, más sutileza formal y sobre todo menos ligereza de muñecas en los remates.

Cuando acertó a cogerle medianamente el aire, le pegó de tal guisa una serie de naturales vibrantes y bizarros, pero que, por aquello que le faltó, ya no logró volver a repetir mientras la faena se le iba cayendo hasta los cinco pinchazos que la hundieron en la nada. Y con el quinto, que se movió mucho y con recorrido sin emplearse demasiado, Ureña se tiró también un largo rato sin concretar casi nada bajo un tendido que empezaba a contagiarse del fresco de la noche y del frío del ruedo.

Así que, una vez más, en el tiempo de descuento el de Murcia apeló a la épica, al drama más buscado que encontrado, a esa impostura que sabe recurso infalible en una plaza aparentemente tan dura pero en realidad tan impresionable como la de Madrid. De nuevo vimos a Ureña en su versión “hard core”, con el arrimón desafiante entre los pitones, el ajuste amontonado de empellones, el ¡uy! por el ¡ole! Y, para redondear la escena trágica, tampoco faltaron la voltereta final, la duda de la cornada y el renacer doliente, después de caer entre las patas del toro en una estocada a cara de perro.

Cayó también así la oreja que se dejó en el otro, para repetir la que ya parece su tópica imagen de marca: aferrada la mano al trofeo, tinto en sangre el desaliñado vestido y el rostro crispado, entre lastimero y feliz. La gente le quiere por su humildad, por su constante sufrimiento, pero tiene ya ganas de verle salir a hombros con el traje impoluto y entero, salpicado si acaso de pelos del toro, y con una sonrisa de oreja a oreja después de que el toreo que busca le fluya de una vez sin tanta fatiga.

Del resto de la corrida, con el color ambiental que le dio el primer lleno pero coherente con el gris de todo lo que va de feria, quedó apenas la pasajera sensación de haber presenciado una jornada laboral más de El Fandi, con un lote vacío, y la voluntad evidente y desangelada de un López Simón que aún sigue por la tortuosa senda que le lleve hasta sí mismo.

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