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LA MADRE DE PABLO AGUADO

Por Álvaro Acevedo / Foto: Sara de la Fuente

Su padre estaba recién muerto y su madre lloraba en el tendido. Con esta misma historia y otros personajes, el “Hola” hubiera tenido para treinta y siete números, pero Pablo Aguado es sólo un torero, y sus padres, sólo sus padres. Él le abrazaba el día de su alternativa pero hoy, seis meses después, ya no ha podido verle torear. O sí, si hay cielo tras el cielo azul de Sevilla. Su padre debió ser un señor y su madre, que apretaba la montera y se mordía los labios, será una señora mientras viva, porque así, se nace o no se nace. No había más que mirarla para darse cuenta de que hasta las lágrimas le caían con clase. El chaval algo ha heredado, si es verdad que se torea como se es. Dibujó una faena medida y suave a su primer toro, muy noble y con los pases justos para que Pablo le hubiera cortado una oreja si acierta al matar. Dando el pecho, cogiendo con mimo la muleta, jugando con aire las muñecas, acompañando el muletazo con la cintura…

Apuntó las mismas exquisitas maneras que el día de su alternativa, pero otra vez falló con la espada y otra vez, los mandarines del toreo lo dejarán en su casa seis meses más, para que vaya meditando. Le cortó una oreja al sexto pero eso es irrelevante, pues no tendrá apenas recompensa. Es lo que pasa cuando tus padres son sólo tus padres y tú eres un torero al que las grandes empresas no han decidido apoderar (en el peor sentido de la palabra). Mejor así, pues una señora de esa categoría no debe ver a su hijo en manos de mercaderes. Su faena al sexto fue excelente, ratificando, pero ahora con mayor rotundidad, lo que nos mostró en su primer toro. Porque este último torrestrella descolgó más y embistió con entrega y ritmo, y el sevillano se explayó en una obra para la esperanza. Con la naturalidad de los toreros buenos, con el temple de los valientes, con el gusto de los artistas… En su faena hubo una mezcla de bisoñez y clasicismo, de inocencia y torería. Los naturales, los cambios de mano, los ayudados, su toreo por bajo… todo, absolutamente todo, tuvo el sabor de los toreros con mensaje, y esta vez, ni el pinchazo previo a la estocada le privó de un triunfo de ley.

Pablo se jugaba el presente y, lo que es peor, el futuro, y a sus compañeros les pasaba lo mismo. A Lama de Góngora le vi cositas, muy compuesto y con ganas, y más cuajado después de la veintena larga de tardes que su anterior apoderado, Lolo de Camas, le arregló en México en las últimas dos temporadas. Si su primer toro, muy franco, tiene más duración, la faena, que empezó de maravilla, hubiera sido de triunfo. No así las de Javier Jiménez, que se llevó el lote deslucido del bonito encierro de Torrestrella, a cuyos dueños, los herederos de don Álvaro, les pasa lo que a la madre de Pablo Aguado, que son unos señores. Pero los presagios para el de Espartinas no eran buenos desde el punto y hora en que supimos que su primer toro se llamaba “Empresario”: salió al ruedo mirando por encima del hombro, y no sirvió. Y el otro, que no sé cómo se llamaba, tampoco. Tampoco sé cómo se llama tu madre, Pablo, pero le das la enhorabuena de mi parte. Su hijo ha estado bien.

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