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LA MALA MALÍSIMA

Por Álvaro Acevedo

 

Toda vez que Verónica Gutiérrez y Miguel Ángel Perera no me invitaron a su boda, mi cuenta corriente mantiene esos 3.000 euros previstos para el discreto regalo con el que iba a obsequiarles, y es por ello que me siento mal. Así las cosas he decidido (que diría un progre) regalarles este artículo que rememora mis patéticas andanzas en campos oliventinos hace ahora seis meses, cuando peregriné a tierras extremeñas con motivo del reportaje que se publicó en el número de primavera de Cuadernos de Tauromaquia. Con estos párrafos, además, mato dos pájaros de un tiro, pues saldo mi deuda con la novia, a la que juré dejar constancia, por escrito, de lo acaecido en la finca de su ahora esposo, el señor Perera. Como cantaría Joaquín Sabina, estimada Verónica, “mal y tarde estoy cumpliendo la palabra que te di cuando juré, escribirte una canción”.

El caso es que el día era ideal y discurría entre flores, risas y el gran toreo de Miguel Ángel Perera a campo abierto. Nos acompañaba El Juli, que ejercía de ganadero, su mujer, Rosario, y los mellizos, que aún no tengo claro si han salido a la madre (Dios lo quiera) o al papi. Y con todos ellos, en aquel remolque, un reducido grupo de familiares y amigos, incluida la veterinaria de la casa y su prima, rubia y morena respectivamente (por no dar más detalles) y que alegraban la vista a mi fotógrafo Joaquín Arjona, todavía en edad de merecer. O de empujar, que viene a ser lo mismo.

Con Arjona, que andaba entre los árboles haciendo fotos de la faena, estaba un servidor en plan hombre de confianza, y un buen amigo (o eso creía) que responde a las iniciales A.G.F. Un tipo, desde aquel día, en busca y captura por ser altamente peligroso. Todo iba bien hasta que conocí a la novia de Ozil. Que diga, hasta que el novillo vino a visitarnos sin cita previa, y a mí se me ocurrió esconderme tras un alcornoque más amplio que Falete. Las otras dos criaturitas, al observar la decisión del supuesto experto, se colocaron detrás mía e imitaron todos y cada uno de mis movimientos. O sea, que si yo miraba por la derecha del tronco, ellos hacían lo mismo. Y si miraba por la izquierda, pues igual. Aquello parecía el baile del trenecito o el de la lambada, y ya sabemos que, en este tipo de ritmos en los que unos se agarran a otros, siempre sale perdiendo (por razones obvias) el primero de la fila. O sea, yo.

Esperé la llegada del cornúpeta con la mosca detrás de la oreja, toda vez que mi amigo (o eso creía) me había agarrado por la cintura y no le veía yo mucha intención de soltarme. Tratándose de un hombre de respetable edad, desistí de partirle la nariz de un codazo y apelé a su buena voluntad, sin recordar yo que el miedo no conoce parentescos ni mucho menos, amistades. El caso es que al llegar al embroque, el eral apareció por la derecha del árbol y yo pretendí huir por la izquierda. Fue inútil. Mi amigo (o eso creía) no sólo no me soltó, sino que me lanzó contra el animal, que me pegó una voltereta de la que salí con una fisura de costilla y muy mala hostia. Sobre todo, al escuchar las risas de los individuos del remolque y la pregunta tendenciosa de El Juli, que es muy gracioso, el muchacho: “¿La llevas, la llevas?”.

De repente, la chanza se transformó en desánimo cuando Perera realizó la gran pregunta con aires de tragedia. “¿Pero es que nadie lo ha grabado?” Y en efecto, así fue: se recrearon tanto en la escena, gozaron tanto con la secuencia de los hechos, fue tal el placer que les produjo ver a este malvado periodista por los aires, que ninguno tuvo la ocurrencia de poner en marcha sus variados y sofisticados dispositivos móviles. “Joderos”, pensé yo inmediatamente, mientras pasaba lista a sus rostros apesadumbrados. Sin embargo, al llegar a la altura de Verónica, un escalofrío me recorrió el cuerpo. Sus ojos estaban enrojecidos y su sonrisa era malévola. Yo diría que incluso empezaba a echar espuma por la boca.

Ella preparaba la estocada definitiva, la fría venganza de la sangre fraternal, la humillación ante las crónicas terribles que perpetré en su día contra su hermano Pedro. Y le dio igual que su amado Miguel Ángel fuese uno de mis toreros más admirados y objeto de grandes crónicas, porque mi hermano es mi hermano, y a ti te encontré en la calle, Perera. Ella, y sólo ella, se había dado cuenta de un detalle gracias al cual me ejecutaría en la plaza pública. Y entonces, recalcando cada una de sus sílabas, recreándose en la suerte, gustándose… Vero pronunció la sentencia final. “Hay que ver, uno que ha sido torero y esconderse detrás de un árbol teniendo una muleta en la mano…”.

De nada sirvió mi posterior defensa. Que si la muleta estaba plegada, que si la hierba estaba alta, que si las querencias del becerro y que si la madre que me parió. Verónica Gutiérrez Lorenzo me metió las cuerdas, barrenó luego con saña y la sangre me cayó por las dos pezuñas. Y lo peor es que, la mala malísima, tenía razón. Mis muertos…

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