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SAÚL, DESDE EL BARATILLO

Por Álvaro Acevedo / Foto: Alberto de Isidro

Aquel torero, Saúl, se preguntó una vez si moriría por amor al arte, y el tiempo, a través del espejo, le ha ido respondiendo que sí, con las marcas del sacrificio azotando el alma desde el cuello hasta los muslos. El temblor de aquella mañana no fue diferente, con el frío de la incertidumbre por los huesos y la angustia marcada en los pómulos sin una brizna de piedad. El miedo se desbocaba en los únicos ojos que jamás mienten: los que están frente a sí mismos.

El Arte de Torear, para muy pocos hombres, es una pasión agarrada a las entrañas, un enigma milenario que sin embargo nació con ellos, y que han de revelar; un sentimiento superior que aparta del camino toda la basura de este mundillo. Yo les admiro porque, como un Cristo valiente, caminan solos. No suelen acercarse al poder para mendigar monedas ni contratos, ni gesticulan frente al público en busca de palmas. Ellos saben que la fama y el dinero son efímeros, pero que el toreo, a veces, queda escrito.

Era Domingo de Ramos y los naturales se derramaron lentos como lágrimas de Amargura. Eran bellos y profundos, como una saeta desgarrando el silencio de los cobardes; y pedían justicia con ese clamor callado de la hermosura. No sé nada de toros, pero me estremecí al contemplarlos, como no sé nada de Semana Santa, pero lloré con “Caridad del Guadalquivir”. A lo lejos, la Virgen entraba en El Baratillo.

Saúl Jiménez Fortes no toreará en Sevilla. Muchos de los anunciados, tampoco.

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